Morir de miedo… ajeno

7 enero 2011

El arroz dorado

Imagen de Wikimedia Commons

En el año 2000, Ingo Potrykus, científico alemán del Instituto de Ciencias Vegetales de Instituto Federal Suizo de Tecnología, anunció haber conseguido introducir en una variedad de arroz dos genes (uno de una bacteria y otro de la flor del narciso). Con estos genes, este alimento esencial de 3 mil millones de personas en Asia y África biosintetiza beta-caroteno natural, una sustancia que nuestro cuerpo utiliza para producir vitamina A. El objetivo Potrykus era darle una fuente de vitamina A al 10% de las personas que dependen del arroz y tienen una grave deficiencia de vitamina A. La falta de vitamina A, que afecta aproximadamente a un tercio de los niños del mundo es una deficiencia nutricional grave, ocasiona anualmente la muerte de unos 670 mil niños menores de 5 años, la ceguera a entre 250 mil y 500 mil niños más y participa en problemas de bajos niveles de crecimiento entre los niños.

El resultado, el “arroz dorado”, llamado así por su color amarillo anaranjado a diferencia del blanco del arroz común, era además un proyecto humanitario. A diferencia de las semillas transgénicas producidas como negocio por empresas de biotecnología, el arroz dorado se creó para darse gratuitamente a los agricultores, en especial los pobres.

Ante esta promesa, diversos grupos presuntamente ecologistas, muy destacadamente Greenpeace, se aferraron al dogma de oponerse a todo organismo genéticamente modificado (sea que alteren sus propios genes o que se introduzcan genes de otros organismos, como en este caso). Sin explicaciones, sin justificaciones, “como asunto de principios”, dijo el director de la campaña contra el arroz dorado Benedikt Haerlin quien en 2001 amenazaba con “acciones”, en el estilo habitual del grupo (su afirmación, en ese email, de que la gente tendría que comer 9 kg diarios de arroz para obtener la vitamina A necesaria, por cierto, es una mentira clarísima; 144 gramos rinden el consumo diario recomendado, muy por encima de lo necesario para evitar la deficiencia de vitamina A). Cierto que sería mejor que esos 3 mil millones de personas tuvieran acceso a dietas balanceadas con tuberosas, verduras de hojas y frutas, pero es inviable en la situación socioeconómica y política actual. Ante una acción positiva, real e inmediata, los pseudoecologistas optaron por la fantasía. Como decirle a una víctima de un apuñalamiento que “lo mejor sería que no lo hubieran apuñalado” y usar eso como argumento para no darle atención médica.

Ya retirado, Ingo Potrykus, que fue además atacado, amenazado e insultado por su intención de salvar seres humanos (al grado que su invernadero suizo era una instalación de alta seguridad antiterrorista) se ha dedicado al Consejo Humanitario del Arroz Dorado para conseguir que este grano se ponga a disposición de quienes se beneficiarían de él. En 10 años de oposición, son millones las muertes y casos de ceguera y otras afecciones que se podían haber evitado, vidas que han dependido de lo que cada vez parece más una religión, con dogmas inatacables, principios no sometidos a discusión y un rechazo a la ciencia que poco se diferencia del que practican los creacionistas, pseudomédicos y conspiranoicos más delirantes.

Mosquitos contra el dengue

2011 amanece con otra historia de horror de simulación ecologista de la que nos informa Jorge Alcalde, director de la revista Quo.

Imagen de Wikimedia Commons

A fines de 2010, las autoridades de Malasia anunciaronque emprenderían un programa para liberar mosquitos machos genéticamente modificados de la especieAedesw aegypti para controlar la fiebre del dengue, causada por un virus cuyo vector es, precisamente, ese mosquito. El dengue infecta a entre 50 y 100 millones de personas al año, medio millón de las cuales necesitan hospitalización, y mata a unas 12.500 personas en toda la franja tropical del planeta, endémico en 110 países.

El mosquito macho básicamente tiene genes que hacen que sus crías sean inviables, reduciendo así la población del mosquito.

Sistemas así ya se usan desde hace años aunque la modificación genética se hace mediante radiación nuclear. El gusano barrenador del ganado, larva de la mosca Cochliomyia hominivorax ha sido controlado en Estados Unidos y el norte de México produciendo primero por selección artificial machos altamente atractivos para las hembras y luego criando sus larvas en una planta productora situada en el estado mexicano de Chiapas. Las larvas son irradiadas con rayos gamma de cobalto 60, esterilizándolas. Como la hembra de esta mosca sólo se aparea una vez en la vida, si opta por uno de estos atractivos pero estériles machos, sus huevos no serán viables, evitando muertes de ganado y problemas económicos a los productores grandes y pequeños.

A principios de 2011, las autoridades malayas han anunciado que suspenden indefinidamente el plan piloto de liberación de entre 4 mil y 6 mil machos modificados genéricamente debido a las protestas de grupos ecologistas y de consumidores. Algunos de los argumentos para no emprender esta acción contra el dengue realmente alucinan, como el de Jaymi Heinbuch, que bien atendido en California nunca tendrá dengue, ni lo sufrirán sus hijos, y que asegura que hay “formas más holísticas” de evitar la difusión de la enfermedad. Menciona los esfuerzos para controlar las aguas estancadas, más costosos y que han fracasado después de años de lucha (pero que mejorarían enormemente si se utilizara DDT, uno de los demonios del pseudoecologismo), o aumentar el acceso de los malayos a la atención médica de calidad. Esto último es imposible dadas las condiciones del país, por holístico que le suene a un adepto al new age de California, pero además no prevendría la enfermedad, sólo ayudaría a reducir el número de muertes tratando a tiempo a quienes padecen los atroces síntomas del dengue.

El sufrimiento de los enfermos, al parecer, es lo bastante holístico para no preocupar a personas que se han autoproclamado los salvadores de la tierra.

Autor: Mauricio José Schwartz.

Visto en: El retorno de los Charlatanes.


Donkey Kong Country Returns: Primeras impresiones

22 noviembre 2010

Donkey Kong Country Returns logo

Después de haber jugado poco más de una hora con él y habiendo terminado solo el primero de los niveles, creo que tengo suficiente para darles a conocer mis primeras impresiones sobre uno de los juegos más anticipados para la Nintendo Wii.

La historia inicia con un día tranquilo en la isla de nuestro simiesco amigo cuando sin aviso, el volcán comienza a hacer erupción y unos seres con forma de tambor salen de él para hipnotizar a los animales y robar todas las bananas.

Para los jugadores que ya llevamos años en esto, el diseño de los escenarios recuerda a los de su contraparte de SNES creado por Rare, pero con las evidentes ventajas tecnológicas que ha brindado el paso del tiempo. El detalle de los escenarios es magnífico y puede apreciarse en todo momento, ya sea en las hojas de los árboles, los fondos del escenario o en la iluminación de un sol que esta poniendose en el horizonte.

Donkey Kong Country Returns puede parecer un juego de platafarmas parecido a New Super Mario Bros Wii y es que, parece que los chicos de Retro Studios tomaron lo bueno de este y le dieron su toque personal. Y hablando de plataformas, contrario a lo que pueda parecer debido a su animación “infantil” Donkey Kong Country Returns es un juego desafiante al estilo de la “vieja escuela.” Así que, mientras para los jugadores nóveles el desafío será terminar el juego, para los experimentados y para aquellos que ya llevamos un tiempo en esto, el desafío será conseguir todas las letras que forman la palabra KONG, como en la versión de SNES, así como piezas de rompecabezas que se encuentran ocultas a lo largo de los escenarios.

Sunset ShoresLa música es otro de los aspectos que se trabajaron con cuidado, desde el primer nivel escuchamos melodías bien conocidas por todos, mientras que en otros como Sunset Shore podemos escuchar un arreglo jazz.

En definitiva, Donkey Kong Country es un juego que, para los llamados jugadores “casuals” puede llegar a ser frustrante ya que su nivel de dificultad, aunque no llega a ser imposible, sí plantea retos que los “hardcore” van a disfrutar.

A mí me funciona

10 noviembre 2010

Virtulinda y los elefantes

Cada media hora, más o menos y esté donde esté, la tía Virtulinda suelta sin previo aviso un aullido desgarrador, aletea entusiasta varias veces, se mete cuatro dedos en la boca y silba el tema de la Obertura 1812 de Tchaikovsky (en riguroso mi bemol) antes de imitar el ruido de arranque de un tren mientras da tres vueltas sobre el dedo gordo del pie derecho con los ojos en blanco, al cabo de lo cual continua la conversación como si no hubiera acontecido nada digno de mención, aunque los visitantes no advertidos suelen quedar bastante averiados y más de un infarto al miocardio se le ha atribuido a la práctica de Virtulinda. Cuando se le pregunta por qué desarrolla esa inquietante sucesión de actividades, Virtulinda explica que es  para ahuyentar a los elefantes. Por supuesto, uno comenta que en Cozumel, donde vive Virtulinda, no hay elefantes, ante lo cual ella esboza una amplia y satisfecha sonrisa de “deber cumplido” y sentencia: “Funciona, ¿lo ves?”

La tía Virtulinda está absolutamente convencida de que “a ella le funciona” el aleteo,el silbido, el tren y las vueltas, y que esas acciones, en ese orden, son las responsables de que la paradisíaca isla del Caribe mexicano no sufra de una peligrosísima plaga de elefantes rondando por sus modestos 647 kilómetros cuadrados de superficie.

Es imposible convencer a Virtulinda de que la ausencia de paquidermos en la isla se podría deber a otras causas. Y, por supuesto, no está dispuesta a realizar el obvio experimento de suspender sus ruidos y meneos a ver si su ausencia se traduce en la aparición súbita de una manada de elefantes en Cozumel, ya fuera africanos, asiáticos o de peluche.

Y si usted le dice a Virtulinda que no hay pruebas de que sus desfiguros mantengan alejados a los elefantes, lo azotará con el látigo de nueve colas de su desprecio o, si amaneció con la ciática, lo azotará con la sartén grande, certeramente aplicada al punto anatómico donde se encuentran el parietal, el temporal y el occipital, mismos que nunca más se volverán a encontrar, dejándole bastante estropeada la cajita de pensar.

Cuando se habla de supuestas prácticas curativas o terapéuticas, suele llegarse a un punto en que, confrontado el creyente con el hecho de que no existen pruebas, evidencias, estudios o validaciones sólidas para la práctica que le entusiasma, sea la homeopatía, la acupuntura, la quiropráctica o los sacrificios de corderos a Apolo, procede a quitarle importancia a ese detalle diciendo: “A mí me funciona”.

O sea, esta persona no necesita ni desea pruebas de laboratorio, ensayos clínicos, estudios epidemiológicos, análisis de farmacodinámica, bioquímica y fisiología, eficacia, toxicidad, riesgos varios, etc., porque considera que ya tiene una prueba suficiente la de su propia experiencia. Con similar frecuencia, cuando alguien expresa dudas sobre la eficacia de una práctica curativa, especialmente tratándose de algunas singularmente descabelladas como el reiki y la homeopatía, en vez de hablarse de estudios, evidencias, pruebas clínicas, etc., el proponente solicita al crítico que experimente por sí mismo la práctica curativa, convencido de que, al sentirse curado, el crítico dejará de lado también la necesidad o deseo de contar con pruebas de laboratorio, ensayos clínicos, estudios epidemiológicos, análisis de fármacodinámica, funcionamiento, eficacia, riesgos, etc.

De “La pulga snob” de Andrés Diplotti

Una lógica aplastantemente equivocada

¿Qué cadena de acontecimientos lleva a que alguien diga “a mí me funciona” respecto de tal o cual práctica supuestamente curativa?

En primer lugar, la persona tiene una enfermedad, afección, incomodidad, trastorno, dolencia, achaque, padecimiento, indisposición o alifafe al que llamaremos “A”. “A” puede haber  sido diagnosticado con las más recientes técnicas médicas o, cosa bastante frecuente, puede haber sido diagnosticado por la persona, la vecina del dieciséis, la comadre Matatena, la tía Válamedios, una señora en la cola de la compra, un actor en horas bajas en televisión o un pseudomédico con un título obtenido por Internet y en 15 minutos (como el título de especialista en medicina homeopática que tiene este blog). Ante este diagnóstico ya de por sí dudoso, la persona consume un producto o realiza una acción o se somete a un proceso supuestamente terapéutico a los que llamaremos “B”, y que pueden ir desde el consumo de heces de cabra (remedio esencial de la “medicina” ayurvédica) o de pildoras de azúcar sin nada más que azúcar, hasta que le pasen por encima un puro de hierbas malolientes (la tal “moxibustión” china) o incluso trasladarse a París para que un actorcillo con el seso en situación de desamparo le apriete fuertemente los testículos (remedio que según el actorcillo en cuestión, Alejandro Jodorowsky, es eficacísimo para algo). Pasado un tiempo no demasiado preciso, la persona siente que ha disminuido o ha desaparecido su enfermedad, afección, incomodidad, trastorno, dolencia, achaque, padecimiento, indisposición o alifafe, dice que se ha curado, a lo que llamaremos “C”.

Al decir “a mí me funciona”, la persona expresa la absoluta convicción de que el efecto C es producto, resultado, consecuencia y efecto de B sobre A. La acción B ha causado que A desaparezca y por tanto es curativa. Asunto concluido.

El problema, claro, es que esa lógica no es tan sólida como podría parecer a primera vista. Aunque se presente con frecuencia acompañada de una pasión vociferante y farisaica, casi religiosa y de un entusiasmo un poco exagerado.

La misma lógica se usa en situaciones como la siguiente:

Mal de ojo y brujería

El niño N está sano, un día lo mira el vecino V y poco después el niño sufre una dolencia E. La conclusión de la lógica que vimos en el “a mí me funciona” es que la dolencia E fue causada o provocada por la mirada del vecino V.

¿Le parece absurdo? No lo es. Es el supuesto “mal de ojo”, y por supuestamente causarlo, se ha linchado a una buena cantidad de seres humanos a lo largo de la historia. Un niño que tiene diarrea, que llora, etc., se considera con frecuencia (hoy en día y también en la Europa siglovigesimoprimérica, no en el pasado y entre tribus paleolíticas) víctima del mal de ojo, y los diarios e Internet están pletóricos de personas dispuestas a explicarnos el mal de ojo, enseñarnos cómo curarlo y hasta cobrarnos por curarlo. Mire aquí, aquí, aquíaquí o aquí sólo como ejemplos, hay literalmente cientos de miles, quizá millones de páginas en Internet que consideran que el mal de ojo es algo real.

Y no es que la gente que cree en el mal de ojo sea tonta. Como quien cree en la homeopatía, la acupuntura o cualquiera de los cientos de disciplinas pseudoterapéuticas a nuestro alcance y que quieren hurgar en nuestros bolsillos, simplemente usan una lógica incorrecta a la que le dan un valor muy superior al que tiene. Y los beneficiarios del cuento, los que hurgan en los bolsillos y se apropian los euros, no tienen ninguna intención de que aprendan una mejor lógica.

Razonablemente podemos decir que, vamos, a los niños les da diarrea continuamente, y lloran sin motivo hasta llevar a sus padres al borde de la locura y un poquito más allá, y que  las causas de la diarrea son muchísimas, no todas debidamente conocidas, y que muchas veces la diarrea se cura sola y que la diarrea y la mirada del desconocido simplemente han coincidido sin que una cause a la otra.

Y también puede serlo el que alguien se sienta mejor después de un pseudotratamiento no médico.

Si teníamos un sembradío en buenas condiciones y un día veíamos que pasaba la vecina tuerta solterona que tenía al gato negro y resultaba que poco después sufríamos una plaga y perdíamos la cosecha, no era infrecuente que la vecina tuerta fuera acusada de practicar la brujería y en no pocas ocasiones ejecutada con pocos miramientos.

El hecho de que una cosa ocurra después de otra no significa que sea causada por ella.

Claro que podemos decir que el paseo de la vecina tuerta y la plaga de la cosecha son una simple coincidencia, y evitarle a la mujer la pena de ser juzgada y condenada por bruja simplemente por decidir una relación causa-efecto que realmente no es nada fiable.

Y también puede serlo que alguien mejore después de un pseudotratamiento médico.

La falacia y la prueba

A este error se le conoce en lógica como falacia “post hoc, ergo propter hoc“, latinajo que significa “después de esto, por tanto a consecuencia de esto” y que se ve mejor escrito así:

El no tener claras las causas de algo es una forma de pensamiento mágico a la que habitualmente le llamamos superstición, es decir, le atribuimos un efecto a una causa que nos parece “lógica” o simplemente nos gusta. O nos dijeron que funcionaba.

A nuestro alrededor encontramos numerosas supersticiones que caen en esa falacia: futbolistas que un día que se pusieron los calzoncillos al revés marcaron un gol, y ahora se ponen los calzoncillos al revés en todos los partidos, sin que les afecte el hecho evidentísimo de que no marcan goles en todos los partidos.

El necio que sólo ve una de las posibles causas, ya no busca más explicaciones. Cree tener una explicación correcta sobre el origen del resultado y no se plantea siquiera la posibilidad de equivocarse. Su visión cerrada, para remate, suele acompañarse con la queja de que el crítico “no tiene la mente abierta” a su cerrazón de miras, y a su afirmación sin bases y de lógica achurruscada e inútil.

Esta forma de pensar nos hace llegar a conclusiones tajante aunque en realidad no tenemos datos suficientes para sostenerla. El que nuestro estado de salud mejore después de una práctica pseudoterapéutica no demuestra que ésta haya sido la causa de la mejoría. Hay muchísimos elementos que podrían afectar el resultado, entre ellos el que estemos tomando medicamentos basados en evidencias al mismo tiempo que realizamos la práctica mágica, un cambio en el clima, el que dejemos de usar una prenda de ropa que nos provoca reacciones, lo que comemos o dejamos de comer, la calidad del aire, la presión atmosférica, nuestro estado de ánimo, la temperatura ambiente y hasta un fenómeno muy sencillo que tiene el complicado nombre de “regresión estadística”, que nos dice que cuando existe un estado extremo, lo más probable es que se regrese a la situación media anterior. Por ejemplo, cuando estamos muy enfermos, lo más probable no es que empeoremos infinitamente, sino que nos sintamos mejor, asunto que sin conocerlo aprovechan muy bien numerosos vendedores de curaciones más que dudosas.

Otro elemento que es probablemente el más común es que la enfermedad corre su curso normal y desaparece como lo hacen la enorme mayoría de las afecciones. En los sitios pseudomédicos no es raro los testimonios del tipo: “tuve gripe durante la mayor parte de una semana, pero después de unos días me sentí mejor gracias a que tomé (pócima X)”. Pues no, con o sin la pócima X, el curso normal de una gripe es de una semana, donde los primeros días nos sentimos especialmente mal y luego vamos mejorando. Con o sin medicina, homeopatía, acupuntura o estridentes cantos a Changó, las gripes duran más o menos una semana.

Luego no podemos descontar las defensas de nuestro propio cuerpo. Salvo casos de especial gravedad, nuestro cuerpo se las arregla bastante bien para enfrentar y contrarrestar las enfermedades. Nuestro cuerpo tiene un complejo y bien afinado sistema inmunitario que reconoce y combate agentes patógenos (productores de enfermedades) de todo tipo, todo el tiempo. Mientras usted lee esto, las células NK de su organismo están destruyendo células infectadas por virus. Usted tiene esos virus, y bacterias, y protozoarios y células cancerosas, y procesos tóxicos de distinto tipo, y ni se entera, sigue feliz hasta el día en que su sistema inmunitario pierde una batalla y usted se siente mal, y busca ayuda.

Así que creer que una práctica determinada causa la curación de una enfermedad es, sin más, una superstición. ¿Cómo sabemos realmente qué es lo que causa, y en qué medida, una curación? El progreso logrado en el conocimiento del universo se lo debemos precisamente a que hemos ido conociendo las limitaciones de nuestra lógica y creamos un procedimiento (llamado “método científico”) diseñado para reunir conocimientos más eficazmente y someter a prueba diversas hipótesis hasta dar con la que mejor describe los hechos. Hechos como la plaga que se cargó nuestra cosecha, la diarrea del niño y la curación o mejora que experimentamos. Sólo estudiando con una lógica adecuada los hechos podemos decir con certeza que una diarrea está causada por una salmonela y no por el mal de ojo, y que se cura con el tiempo o, en casos muy graves, con antibióticos, pero no con arsénico como creen los homeópatas.

Igualmente, tenemos el problema de que hasta los más apasionados proponentes de alguna pseudoterapia aceptan que puede existir la curación C sin que se presente la supuesta causa B. Y sin embargo, pese a ello, siempre consideran que en su caso por supuesto que la causa fue B, aunque en otros pudiera pasar algo distinto. Y la mayoría de las veces no se dan cuenta de lo contradictoria y terriblemente interesada y egolátrica que es tal visión del mundo, además de carecer absolutamente de todo rigor.

Las afirmaciones como “tienes que creerlo porque yo lo he experimentado personalmente, me funciona, yo lo he visto” pertenecen a la clase de falacias (errores de lógica) llamadas “evidencia anecdótica” y no tienen ningún valor probatorio.

Esto con frecuencia enfurece a los creyentes.

Su furia se debe a que olvidan que hay gente que afirma “a mí me funciona” respecto de las afirmaciones más extrañas y descabelladas.

El asunto no es trivial, en lo más mínimo. Cuando uno está ante dos (o más) explicaciones del mismo fenómeno, necesita tener un procedimiento fiable, de eficacia demostrada, para poder evaluar correctamente cuál es la explicación más ajustada a la realidad.

Es decir, cuando desapasionadamente vemos los hechos, resulta que en el proceso que va de A, la aparición de la enfermedad, afección, incomodidad, trastorno, dolencia, achaque, padecimiento, indisposición o alifafe a C, la curación, han ocurrido muchas cosas, y ello nos plantea más preguntas que respuestas.


Para encontrar la verdadera causa de la curación C, lo que tenemos que hacer es investigar con seriedad el asunto. Estudiar a muchos enfermos que hayan padecido A, para ver cuál es el proceso normal de la enfermedad y a cuáles causas suele atribuirse. Podemos, por ejemplo, encontrar a personas que tengan la enfermedad A y, manteniendo controladas todas las demás posibles causas de una curación, hacer que la mitad de ellos se someta a los efectos de B (sustancia, práctica, ritual, etc.) y la mitad se enfrente a la enfermedad sin ayuda. Si resulta que los dos grupos se curan más o menos igual, podríamos decir que no es cierto que B cause la curación C. Aunque alguien crea que le funciona. Los estudios se hacen varias veces para asegurarnos de que el resultado no sea una coincidencia. Si B funciona, podemos empezar a ver qué dosis de B basta para, sin afectar demasiado al enfermo, provocar la curación. Si no funciona, hacemos lo mismo con C, D, E y demás.

A esto se le conoce como método científico. Simple y llanamente. Es una forma ordenada de obtener un conocimiento más fiable que el “a mí me funciona”, “me dijeron”, “tiene una larga tradición” o cualquier otro sistema de los que han fracasado estrepitosamente a lo largo de los milenios.

El método científico nos permite evaluar todas las posibles causas de un efecto hasta encontrar las que son, efectivamente, las responsables de tal efecto.

Más importante aún, este procedimiento nos permite averiguar cuándo y a quién “le funcionan” realmente algunos remedios. El medicamento ideal para doña Dietilamida Malamañana, rotunda diabética de 48 años, 40 de ellos sin hacer ejercicio más agotador que levantarse por la mañana, 120 kilos al ecuador, el colesterol tan alto que los aviones lo rodean, intolerante a la lactosa y en un proceso menopáusico de 8 grados en la escala de Richter podría no ser el remedio adecuado para Aerobindo Maratones, esbelto deportista de 66 kilos, 23 primaveras, las hormonas en estado de alerta total, un estómago capaz de digerir piedras y un habitual consumo de cerveza de tales proporciones que le han puesto una estrella con su nombre en la Oktoberfest.

El “a mí me funciona”, pues, incluso en las pocas ocasiones en que fuera cierto, no es garantía de que “le funcione” a nadie más y por tanto no es razonable, sano ni cuerdo el que la gente intercambie recetas con base en el dudosísimo “a mí me funciona”.
Vamos, si usted no le haría caso a su tío Frumencio, de profesión taxista, si le explicara cómo debe construir su casa o cómo hacer para reparar la red de ordenadores/computadoras de su oficina… ¿por qué le hace caso cuando le dice, injertado súbitamente en médico, que tome infusiones de hierba de nomejodas porque es buenísima para el reflujo y a él le funciona?

Ahora pregúntese usted por qué los vendedores de agua destilada (que gustan que les llamen “homeópatas” y hasta “médicos homeópatas”), los que creen en la magia de unas agujitas que afectan una energía que nadie ha visto (y que prefieren ser llamados “acupunturistas” y hasta “médicos acupunturistas”), los tuercecuellos que año tras año dejan paralíticos a muchos inocentes con sus violentas “correcciones” (a los que les gusta ser conocidos como “quiroprácticos”) y otros sacacuartos que se dejaron la vergüenza en los otros pantalones y que no saben de medicina más que el tío Frumencio no quieren someter sus filfas al método científico.

Siempre habrá alguien a quien “le funcione” cualquier tontería. Si le reza a Santa Tecla y se cura, supondrá que el rezo le funcionó. Si se toma una pócima de pelos de perro y ojos de sapo, supondrá que ésa fue la cura… Y como de la mayoría de las enfermedades nos curamos sin ayuda (con mayor o menor incomodidad), cualquier cosa puede parecer funcionar para mayor gloria de los que venden cosas no probadas.

Y claro, por eso pasan los berrinches que pasan los pseudomédicos, charlatanes, curanderos y vendedores de humo imaginario cuando pese a su reticencia, sus afirmaciones acaban poniéndose a prueba y resulta que no funcionan mejor que un placebo, es decir, un falso medicamento que sólo sirve para complacer (de allí el nombre) al paciente.

Y contundentemente, a día de hoy, ni la homeopatía, ni la acupuntura, ni la quiropráctica, ni las flores de Bach, ni el reiki, ni la chorromedicina ortomolecular, ni ninguno de los miles de delirios que inventan a diario los vagos que no quieren trabajar han demostrado servir para nada.

Salvo para mantener a los vagos que se agarran al “a mí me funciona”, siempre confiados en que al que “no le funcione” tampoco va a hacer demasiada alharaca, claro.

Y todo esto sin meternos, esta vez, con los horribles peligros de estas prácticas, las muertes, el dolor y la desesperación que siembran a su paso.

Autor: Mauricio José Schwartz.

Visto en: El retorno de los Charlatanes.

 

septiembre 26, 2010

A mí me funciona

Virtulinda y los elefantes

Cada media hora, más o menos y esté donde esté, la tía Virtulinda suelta sin previo aviso un aullido desgarrador, aletea entusiasta varias veces, se mete cuatro dedos en la boca y silba el tema de la Obertura 1812 de Tchaikovsky (en riguroso mi bemol) antes de imitar el ruido de arranque de un tren mientras da tres vueltas sobre el dedo gordo del pie derecho con los ojos en blanco, al cabo de lo cual continua la conversación como si no hubiera acontecido nada digno de mención, aunque los visitantes no advertidos suelen quedar bastante averiados y más de un infarto al miocardio se le ha atribuido a la práctica de Virtulinda. Cuando se le pregunta por qué desarrolla esa inquietante sucesión de actividades, Virtulinda explica que es  para ahuyentar a los elefantes. Por supuesto, uno comenta que en Cozumel, donde vive Virtulinda, no hay elefantes, ante lo cual ella esboza una amplia y satisfecha sonrisa de “deber cumplido” y sentencia: “Funciona, ¿lo ves?”

La tía Virtulinda está absolutamente convencida de que “a ella le funciona” el aleteo,el silbido, el tren y las vueltas, y que esas acciones, en ese orden, son las responsables de que la paradisíaca isla del Caribe mexicano no sufra de una peligrosísima plaga de elefantes rondando por sus modestos 647 kilómetros cuadrados de superficie.

Es imposible convencer a Virtulinda de que la ausencia de paquidermos en la isla se podría deber a otras causas. Y, por supuesto, no está dispuesta a realizar el obvio experimento de suspender sus ruidos y meneos a ver si su ausencia se traduce en la aparición súbita de una manada de elefantes en Cozumel, ya fuera africanos, asiáticos o de peluche.

Y si usted le dice a Virtulinda que no hay pruebas de que sus desfiguros mantengan alejados a los elefantes, lo azotará con el látigo de nueve colas de su desprecio o, si amaneció con la ciática, lo azotará con la sartén grande, certeramente aplicada al punto anatómico donde se encuentran el parietal, el temporal y el occipital, mismos que nunca más se volverán a encontrar, dejándole bastante estropeada la cajita de pensar.

Cuando se habla de supuestas prácticas curativas o terapéuticas, suele llegarse a un punto en que, confrontado el creyente con el hecho de que no existen pruebas, evidencias, estudios o validaciones sólidas para la práctica que le entusiasma, sea la homeopatía, la acupuntura, la quiropráctica o los sacrificios de corderos a Apolo, procede a quitarle importancia a ese detalle diciendo: “A mí me funciona”.

O sea, esta persona no necesita ni desea pruebas de laboratorio, ensayos clínicos, estudios epidemiológicos, análisis de farmacodinámica, bioquímica y fisiología, eficacia, toxicidad, riesgos varios, etc., porque considera que ya tiene una prueba suficiente la de su propia experiencia. Con similar frecuencia, cuando alguien expresa dudas sobre la eficacia de una práctica curativa, especialmente tratándose de algunas singularmente descabelladas como el reiki y la homeopatía, en vez de hablarse de estudios, evidencias, pruebas clínicas, etc., el proponente solicita al crítico que experimente por sí mismo la práctica curativa, convencido de que, al sentirse curado, el crítico dejará de lado también la necesidad o deseo de contar con pruebas de laboratorio, ensayos clínicos, estudios epidemiológicos, análisis de fármacodinámica, funcionamiento, eficacia, riesgos, etc.

De “La pulga snob” de Andrés Diplotti

Una lógica aplastantemente equivocada

¿Qué cadena de acontecimientos lleva a que alguien diga “a mí me funciona” respecto de tal o cual práctica supuestamente curativa?

En primer lugar, la persona tiene una enfermedad, afección, incomodidad, trastorno, dolencia, achaque, padecimiento, indisposición o alifafe al que llamaremos “A”. “A” puede haber  sido diagnosticado con las más recientes técnicas médicas o, cosa bastante frecuente, puede haber sido diagnosticado por la persona, la vecina del dieciséis, la comadre Matatena, la tía Válamedios, una señora en la cola de la compra, un actor en horas bajas en televisión o un pseudomédico con un título obtenido por Internet y en 15 minutos (como el título de especialista en medicina homeopática que tiene este blog). Ante este diagnóstico ya de por sí dudoso, la persona consume un producto o realiza una acción o se somete a un proceso supuestamente terapéutico a los que llamaremos “B”, y que pueden ir desde el consumo de heces de cabra (remedio esencial de la “medicina” ayurvédica) o de pildoras de azúcar sin nada más que azúcar, hasta que le pasen por encima un puro de hierbas malolientes (la tal “moxibustión” china) o incluso trasladarse a París para que un actorcillo con el seso en situación de desamparo le apriete fuertemente los testículos (remedio que según el actorcillo en cuestión, Alejandro Jodorowsky, es eficacísimo para algo). Pasado un tiempo no demasiado preciso, la persona siente que ha disminuido o ha desaparecido su enfermedad, afección, incomodidad, trastorno, dolencia, achaque, padecimiento, indisposición o alifafe, dice que se ha curado, a lo que llamaremos “C”.

Al decir “a mí me funciona”, la persona expresa la absoluta convicción de que el efecto C es producto, resultado, consecuencia y efecto de B sobre A. La acción B ha causado que A desaparezca y por tanto es curativa. Asunto concluido.

El problema, claro, es que esa lógica no es tan sólida como podría parecer a primera vista. Aunque se presente con frecuencia acompañada de una pasión vociferante y farisaica, casi religiosa y de un entusiasmo un poco exagerado.

La misma lógica se usa en situaciones como la siguiente:

Mal de ojo y brujería

El niño N está sano, un día lo mira el vecino V y poco después el niño sufre una dolencia E. La conclusión de la lógica que vimos en el “a mí me funciona” es que la dolencia E fue causada o provocada por la mirada del vecino V.

¿Le parece absurdo? No lo es. Es el supuesto “mal de ojo”, y por supuestamente causarlo, se ha linchado a una buena cantidad de seres humanos a lo largo de la historia. Un niño que tiene diarrea, que llora, etc., se considera con frecuencia (hoy en día y también en la Europa siglovigesimoprimérica, no en el pasado y entre tribus paleolíticas) víctima del mal de ojo, y los diarios e Internet están pletóricos de personas dispuestas a explicarnos el mal de ojo, enseñarnos cómo curarlo y hasta cobrarnos por curarlo. Mire aquí, aquí, aquíaquí o aquí sólo como ejemplos, hay literalmente cientos de miles, quizá millones de páginas en Internet que consideran que el mal de ojo es algo real.

Y no es que la gente que cree en el mal de ojo sea tonta. Como quien cree en la homeopatía, la acupuntura o cualquiera de los cientos de disciplinas pseudoterapéuticas a nuestro alcance y que quieren hurgar en nuestros bolsillos, simplemente usan una lógica incorrecta a la que le dan un valor muy superior al que tiene. Y los beneficiarios del cuento, los que hurgan en los bolsillos y se apropian los euros, no tienen ninguna intención de que aprendan una mejor lógica.

Razonablemente podemos decir que, vamos, a los niños les da diarrea continuamente, y lloran sin motivo hasta llevar a sus padres al borde de la locura y un poquito más allá, y que  las causas de la diarrea son muchísimas, no todas debidamente conocidas, y que muchas veces la diarrea se cura sola y que la diarrea y la mirada del desconocido simplemente han coincidido sin que una cause a la otra.

Y también puede serlo el que alguien se sienta mejor después de un pseudotratamiento no médico.

Si teníamos un sembradío en buenas condiciones y un día veíamos que pasaba la vecina tuerta solterona que tenía al gato negro y resultaba que poco después sufríamos una plaga y perdíamos la cosecha, no era infrecuente que la vecina tuerta fuera acusada de practicar la brujería y en no pocas ocasiones ejecutada con pocos miramientos.

El hecho de que una cosa ocurra después de otra no significa que sea causada por ella.

Claro que podemos decir que el paseo de la vecina tuerta y la plaga de la cosecha son una simple coincidencia, y evitarle a la mujer la pena de ser juzgada y condenada por bruja simplemente por decidir una relación causa-efecto que realmente no es nada fiable.

Y también puede serlo que alguien mejore después de un pseudotratamiento médico.

La falacia y la prueba

A este error se le conoce en lógica como falacia “post hoc, ergo propter hoc“, latinajo que significa “después de esto, por tanto a consecuencia de esto” y que se ve mejor escrito así:

El no tener claras las causas de algo es una forma de pensamiento mágico a la que habitualmente le llamamos superstición, es decir, le atribuimos un efecto a una causa que nos parece “lógica” o simplemente nos gusta. O nos dijeron que funcionaba.

A nuestro alrededor encontramos numerosas supersticiones que caen en esa falacia: futbolistas que un día que se pusieron los calzoncillos al revés marcaron un gol, y ahora se ponen los calzoncillos al revés en todos los partidos, sin que les afecte el hecho evidentísimo de que no marcan goles en todos los partidos.

El necio que sólo ve una de las posibles causas, ya no busca más explicaciones. Cree tener una explicación correcta sobre el origen del resultado y no se plantea siquiera la posibilidad de equivocarse. Su visión cerrada, para remate, suele acompañarse con la queja de que el crítico “no tiene la mente abierta” a su cerrazón de miras, y a su afirmación sin bases y de lógica achurruscada e inútil.

Esta forma de pensar nos hace llegar a conclusiones tajante aunque en realidad no tenemos datos suficientes para sostenerla. El que nuestro estado de salud mejore después de una práctica pseudoterapéutica no demuestra que ésta haya sido la causa de la mejoría. Hay muchísimos elementos que podrían afectar el resultado, entre ellos el que estemos tomando medicamentos basados en evidencias al mismo tiempo que realizamos la práctica mágica, un cambio en el clima, el que dejemos de usar una prenda de ropa que nos provoca reacciones, lo que comemos o dejamos de comer, la calidad del aire, la presión atmosférica, nuestro estado de ánimo, la temperatura ambiente y hasta un fenómeno muy sencillo que tiene el complicado nombre de “regresión estadística”, que nos dice que cuando existe un estado extremo, lo más probable es que se regrese a la situación media anterior. Por ejemplo, cuando estamos muy enfermos, lo más probable no es que empeoremos infinitamente, sino que nos sintamos mejor, asunto que sin conocerlo aprovechan muy bien numerosos vendedores de curaciones más que dudosas.

Otro elemento que es probablemente el más común es que la enfermedad corre su curso normal y desaparece como lo hacen la enorme mayoría de las afecciones. En los sitios pseudomédicos no es raro los testimonios del tipo: “tuve gripe durante la mayor parte de una semana, pero después de unos días me sentí mejor gracias a que tomé (pócima X)”. Pues no, con o sin la pócima X, el curso normal de una gripe es de una semana, donde los primeros días nos sentimos especialmente mal y luego vamos mejorando. Con o sin medicina, homeopatía, acupuntura o estridentes cantos a Changó, las gripes duran más o menos una semana.

Luego no podemos descontar las defensas de nuestro propio cuerpo. Salvo casos de especial gravedad, nuestro cuerpo se las arregla bastante bien para enfrentar y contrarrestar las enfermedades. Nuestro cuerpo tiene un complejo y bien afinado sistema inmunitario que reconoce y combate agentes patógenos (productores de enfermedades) de todo tipo, todo el tiempo. Mientras usted lee esto, las células NK de su organismo están destruyendo células infectadas por virus. Usted tiene esos virus, y bacterias, y protozoarios y células cancerosas, y procesos tóxicos de distinto tipo, y ni se entera, sigue feliz hasta el día en que su sistema inmunitario pierde una batalla y usted se siente mal, y busca ayuda.

Así que creer que una práctica determinada causa la curación de una enfermedad es, sin más, una superstición. ¿Cómo sabemos realmente qué es lo que causa, y en qué medida, una curación? El progreso logrado en el conocimiento del universo se lo debemos precisamente a que hemos ido conociendo las limitaciones de nuestra lógica y creamos un procedimiento (llamado “método científico”) diseñado para reunir conocimientos más eficazmente y someter a prueba diversas hipótesis hasta dar con la que mejor describe los hechos. Hechos como la plaga que se cargó nuestra cosecha, la diarrea del niño y la curación o mejora que experimentamos. Sólo estudiando con una lógica adecuada los hechos podemos decir con certeza que una diarrea está causada por una salmonela y no por el mal de ojo, y que se cura con el tiempo o, en casos muy graves, con antibióticos, pero no con arsénico como creen los homeópatas.

Igualmente, tenemos el problema de que hasta los más apasionados proponentes de alguna pseudoterapia aceptan que puede existir la curación C sin que se presente la supuesta causa B. Y sin embargo, pese a ello, siempre consideran que en su caso por supuesto que la causa fue B, aunque en otros pudiera pasar algo distinto. Y la mayoría de las veces no se dan cuenta de lo contradictoria y terriblemente interesada y egolátrica que es tal visión del mundo, además de carecer absolutamente de todo rigor.

Las afirmaciones como “tienes que creerlo porque yo lo he experimentado personalmente, me funciona, yo lo he visto” pertenecen a la clase de falacias (errores de lógica) llamadas “evidencia anecdótica” y no tienen ningún valor probatorio.

Esto con frecuencia enfurece a los creyentes.

Su furia se debe a que olvidan que hay gente que afirma “a mí me funciona” respecto de las afirmaciones más extrañas y descabelladas.

El asunto no es trivial, en lo más mínimo. Cuando uno está ante dos (o más) explicaciones del mismo fenómeno, necesita tener un procedimiento fiable, de eficacia demostrada, para poder evaluar correctamente cuál es la explicación más ajustada a la realidad.

Es decir, cuando desapasionadamente vemos los hechos, resulta que en el proceso que va de A, la aparición de la enfermedad, afección, incomodidad, trastorno, dolencia, achaque, padecimiento, indisposición o alifafe a C, la curación, han ocurrido muchas cosas, y ello nos plantea más preguntas que respuestas.

Para encontrar la verdadera causa de la curación C, lo que tenemos que hacer es investigar con seriedad el asunto. Estudiar a muchos enfermos que hayan padecido A, para ver cuál es el proceso normal de la enfermedad y a cuáles causas suele atribuirse. Podemos, por ejemplo, encontrar a personas que tengan la enfermedad A y, manteniendo controladas todas las demás posibles causas de una curación, hacer que la mitad de ellos se someta a los efectos de B (sustancia, práctica, ritual, etc.) y la mitad se enfrente a la enfermedad sin ayuda. Si resulta que los dos grupos se curan más o menos igual, podríamos decir que no es cierto que B cause la curación C. Aunque alguien crea que le funciona. Los estudios se hacen varias veces para asegurarnos de que el resultado no sea una coincidencia. Si B funciona, podemos empezar a ver qué dosis de B basta para, sin afectar demasiado al enfermo, provocar la curación. Si no funciona, hacemos lo mismo con C, D, E y demás.

A esto se le conoce como método científico. Simple y llanamente. Es una forma ordenada de obtener un conocimiento más fiable que el “a mí me funciona”, “me dijeron”, “tiene una larga tradición” o cualquier otro sistema de los que han fracasado estrepitosamente a lo largo de los milenios.

El método científico nos permite evaluar todas las posibles causas de un efecto hasta encontrar las que son, efectivamente, las responsables de tal efecto.

Más importante aún, este procedimiento nos permite averiguar cuándo y a quién “le funcionan” realmente algunos remedios. El medicamento ideal para doña Dietilamida Malamañana, rotunda diabética de 48 años, 40 de ellos sin hacer ejercicio más agotador que levantarse por la mañana, 120 kilos al ecuador, el colesterol tan alto que los aviones lo rodean, intolerante a la lactosa y en un proceso menopáusico de 8 grados en la escala de Richter podría no ser el remedio adecuado para Aerobindo Maratones, esbelto deportista de 66 kilos, 23 primaveras, las hormonas en estado de alerta total, un estómago capaz de digerir piedras y un habitual consumo de cerveza de tales proporciones que le han puesto una estrella con su nombre en la Oktoberfest.

El “a mí me funciona”, pues, incluso en las pocas ocasiones en que fuera cierto, no es garantía de que “le funcione” a nadie más y por tanto no es razonable, sano ni cuerdo el que la gente intercambie recetas con base en el dudosísimo “a mí me funciona”.
Vamos, si usted no le haría caso a su tío Frumencio, de profesión taxista, si le explicara cómo debe construir su casa o cómo hacer para reparar la red de ordenadores/computadoras de su oficina… ¿por qué le hace caso cuando le dice, injertado súbitamente en médico, que tome infusiones de hierba de nomejodas porque es buenísima para el reflujo y a él le funciona?

Ahora pregúntese usted por qué los vendedores de agua destilada (que gustan que les llamen “homeópatas” y hasta “médicos homeópatas”), los que creen en la magia de unas agujitas que afectan una energía que nadie ha visto (y que prefieren ser llamados “acupunturistas” y hasta “médicos acupunturistas”), los tuercecuellos que año tras año dejan paralíticos a muchos inocentes con sus violentas “correcciones” (a los que les gusta ser conocidos como “quiroprácticos”) y otros sacacuartos que se dejaron la vergüenza en los otros pantalones y que no saben de medicina más que el tío Frumencio no quieren someter sus filfas al método científico.

Siempre habrá alguien a quien “le funcione” cualquier tontería. Si le reza a Santa Tecla y se cura, supondrá que el rezo le funcionó. Si se toma una pócima de pelos de perro y ojos de sapo, supondrá que ésa fue la cura… Y como de la mayoría de las enfermedades nos curamos sin ayuda (con mayor o menor incomodidad), cualquier cosa puede parecer funcionar para mayor gloria de los que venden cosas no probadas.

Y claro, por eso pasan los berrinches que pasan los pseudomédicos, charlatanes, curanderos y vendedores de humo imaginario cuando pese a su reticencia, sus afirmaciones acaban poniéndose a prueba y resulta que no funcionan mejor que un placebo, es decir, un falso medicamento que sólo sirve para complacer (de allí el nombre) al paciente.

Y contundentemente, a día de hoy, ni la homeopatía, ni la acupuntura, ni la quiropráctica, ni las flores de Bach, ni el reiki, ni la chorromedicina ortomolecular, ni ninguno de los miles de delirios que inventan a diario los vagos que no quieren trabajar han demostrado servir para nada.

Salvo para mantener a los vagos que se agarran al “a mí me funciona”, siempre confiados en que al que “no le funcione” tampoco va a hacer demasiada alharaca, claro.

Y todo esto sin meternos, esta vez, con los horribles peligros de estas prácticas, las muertes, el dolor y la desesperación que siembran a su paso.

Premios Ig Nobel 2010

4 octubre 2010

Una vez más se ha dado a conocer la lista de los galardonados con el premio Ig Nobel 2010, premio que se ha venido otorgando año con año desde hace veinte años y que son otorgados a todas aquellas investigaciones que aunque son serias tienen temáticas o títulos que no pueden por menos que poner una sonrisa en nuestras caras. Así que sin más, la lista de ganadores de este año resumida, de la traducción de Microsiervos:

  • Ingeniería: Karina Acevedo-Whitehouse y Agnes Rocha-Gosselin de la Zoological Society de Londres, y Diane Gendron del Instituto Politecnico Nacional, Baja California Sur, México, por perfeccionar un método para recoger mocos de las ballenas mediante un helicóptero de radio control.
  • Medicina: Simon Rietveld de la Universidad de Amsterdam, y Ilja van Beest de la Tilburg University, por descubrir que los síntomas del asma pueden ser tratados con una vuelta en una montaña rusa.
  • Transporte: Toshiyuki Nakagaki, Atsushi Tero, Seiji Takagi, Tetsu Saigusa, Kentaro Ito, Kenji Yumiki, Ryo Kobayashi de Japón, y Dan Bebber, Mark Fricker del Reino Unido, por usar el moho del lodo para determinar las rutas óptimas para tender railes de tren.
  • Física: Lianne Parkin, Sheila Williams, y Patricia Priest de la Universidad de Otago, Nueva Zelanda, por demostrar que la gente se cae menos si en el invierno la gente anda con los calcetines por fuera de los zapatos por caminos congelados.
  • Paz: Richard Stephens, John Atkins, y Andrew Kingston de la Universidad de Keele, Reino Unido, por confirmar que en efecto maldecir alivia el dolor.
  • Salud pública: Manuel Barbeito, Charles Mathews, y Larry Taylor de la Oficina de Seguridad y Salud Industrial de Fort Detrick, Maryland, Estados Unidos, por determinar experimentalmente que los microbios tienden a pegarse a los científicos con barba.
  • Economía: Los ejecutivos y directores de Goldman Sachs, AIG, Lehman Brothers, Bear Stearns, Merrill Lynch, y Magnetar por crear y promover nuevas formas de invertir dinero que maximizan las ganancias y minimizan los riesgos para la economía mundial, o al menos para parte de ella.
  • Química: Eric Adams del MIT, Scott Socolofsky de la Universidad A&M de Texas, Stephen Masutani de la Universidad de Hawaii, y British Petroleum, por demostrarnos que estábamos equivocados al creer que el agua y el petróleo no se mezclan.
  • Gestión de empresas: Alessandro Pluchino, Andrea Rapisarda, y Cesare Garofalo de la Universidad de Catania, Italia, por demostrar matemáticamente que las organizaciones serían más eficaces si ascendieran a sus miembros al azar.
  • Biología: Libiao Zhang, Min Tan, Guangjian Zhu, Jianping Ye, Tiyu Hong, Shanyi Zhou, y Shuyi Zhang de China, y Gareth Jones de la Universidad de Bristol, por documentar científicamente la felación en los murciélagos de la fruta.

Todas las investigaciones son verídicas y fueron realizadas de forma seria como cualquier otra investigación científica; las referencias a los artículos científicos se encuentran en la lista en inglés del Ig Nobel.

Visto en: Microsiervos.
Lista de ganadores de todos los años: Improbable Research.

Resident Evil: Afterlife

17 septiembre 2010

Esta película no solo es un insulto a los fans del videojuego, ya que toma elementos que nada tienen que ver unos con otros, sino también para los aficionados a las películas de acción ya que, Resident Evil 4: Afterlife es más aburrida que ver crecer el pasto… con esta última entrega Paul W. S. Anderson nos demuestra que su única meta en la vida es hacer películas de Resident Evil, cada una peor que la anterior.

HowTo: Conservar Python2.4

12 agosto 2010

Esta es la historia. Después de más de una año de tener instalado Ubuntu 9.04 en mi Acer Aspire de hace tres años (¿o eran 4?), en el trabajo me dieron una Dell Studio XPS 16 para trabajar. Como todas las computadoras, traía Windows 7 instalado, así que lo primero que hice en cuanto me la entregaron fue instalar Ubuntu 10.04 (además la política del trabajo es usar solo software libre).

Una vez que tuve todo lo básico “a punto” me preparé para instalar Python2.4, ya que la nueva versión de Ubuntu solo trae Python2.6 y Plone 3.x no funciona con esa ni a golpes. Así que me dirigí decidido a instalarlo desde la terminal con el siempre confiable sudo y sentí que me había caido un balde de agua fría cuando en respuesta, la terminal me respondió con un “python2.4 has no installation candidate” ¿cómo era posible que la nueva versión de ubuntu no tuviera a Python2.4 en su repositorio?

Para saber como logré salir de esta situación, continuen leyendo después del salto

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Animación cuadro por cuadro

2 agosto 2010

El video que acabo de mostrarles esta hecho en animación cuadro por cuadro.

¿Qué tan difícil puede ser realizar un corto utilizando animación cuadro por cuadro? ¿Qué tan sofisticadas tienen que ser las herramientas que debemos de utilizar?

La respuesta a estas preguntas es que el proceso es de lo más sencillo, aunque eso sí, para realizar animaciones largas debemos de tener una buena planeación. Y las herramientas no son nada sofisticadas, de hecho hay alternativas en software libre que cumplen con su propósito. Si quieres saber como se hizo, sigue leyendo después del salto.

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México no necesita canon digital

7 junio 2010

El diputado priista Armando Jesús Báez Pinal ha puesto a consideración la aplicación de un canon digital para compensar a los autores por la realización de copias privadas de obras literales o artísticas, aplicando este nuevo impuesto a soportes físicos como el CDs vírgenes, DVDs vírgenes, unidades USB y discos duros, similar a lo que se hace en España y recauda la SGAE.

De esa forma los ciudadanos mexicanos serían libres de descargar música, películas y otras obras del internet pues están pagando un “impuesto compensatorio” por hacerlo, siempre y cuando sea sin fines de lucro, de caracter personal/privado y sin ser exhibidos de forma pública (por ejemplo descargar un episodio de Lost, invitar a 200 personas a tu casa y proyectarlo).

Desde el punto de vista puramente teórico puede resultar más o menos interesante, ganan los consumidores pues mantienen una actividad que de todas formas no hace daño a nadie y ganan los autores al recibir compensación monetaria por este tipo de usos. Pero como dije, solo en teoría. En la práctica la historia es total y completamente diferente.

La aplicación del canon digital en España fue una decisión fallida (en realidad un epic FAIL) impulsado por el gobierno de ese país (no importa cuál, Aznar o Zapatero, que en estos casos hacen lo mismo) por los siguientes motivos:

  • Aunque la aplicación del canon se haría a soportes físicos se cobra a los fabricantes estos pasan el aumento del costo a los consumidores, aumentando el precio de los CDs vírgenes, discos duros, reproductores de MP3, móviles, etcétera.
  • El canon es indiscriminatorio: es decir, se aplica a todo y a todos. No importa que compres CDs para hacer respaldo de las fotos que tomaste en tus últimas vacaciones o a todos esos documentos importantes de tu trabajo, no importa que compres diez mil discos vírgenes y ni uno contenga una sola canción, película, imagen o serie de televisión bajo Copyright, igual se paga el canon.
  • Aún cuando el canon supuestamente compensa la descarga/copia privada, tanto el gobierno de Aznar como el gobierno de Zapatero siguen llamándolo piratería y siguen calificándolo como ilegal. Los españoles ya pagan impuestos (uno sobre otro) para hacer legal la descarga, aún así son tratados como delincuentes.

Pero en México la simple idea de aplicar un impuesto a medios físicos es necio, poco inteligente y **contraproducente, porque:

  1. El verdadero problema de México no son las descargas de internet, es la piratería en el MundoReal. Esas mafias que copian miles de discos y DVDs en verdaderos “centros de producción” escondidos en zonas como Tepito que luego se venden en bocas de metro o mercados, personas que lucran fuertemente con el trabajo de otros y además explotan al “vendedor” final quien se beneficia muy poco (a veces nada) de estar sentado horas dentro de un metro ofreciendo versiones piratas de música y películas.
  2. México no es España, suficientes impuestos tienen los mexicanos con sueldos que no alcanzan para pagar muchas cosas, poco favor se les hace al aplicar un costo más para la adquisición de tecnología. Es contraproducente porque reduce la oportunidad de acceso y aumenta la brecha digital.
  3. El destino de la recaudación del canon es incierto y propenso a corrupción. Al igual que en España que es administrado por la SGAE quienes se encuentran en un estado perpetuo de controversia por la forma en que reparten dichos ingresos, un fondo común de lo recaudado por un impuesto es el estado perfecto para abusos e injusticias en la que muy pocos autores serán beneficiados.

El canon es otra de esas “sugerencias” de la industria audiovisual a los políticos mexicanos que no soluciona practicamente nada, que pasa el gasto al usuario final y que incrementa el descontento y rechazo hacia el gobierno, los estudios y las discográficas. El problema de fondo es otro y ya todos lo sabemos: no han sabido adecuarse a los cambios. No supieron aprovechar el internet, no se dieron cuenta que los consumidores ya no están interesados en soportes físicos, en que se necesitan mejores formas de encontrar la música, películas, series de televisión y que a falta de una oferta real, se descarga de fuentes “no oficiales”.

Aquí no se defiende el obtener obras sin costo, y no se trata de buscar pagar menos o evitar pagar el canon, es que el problema son otros: un probable incremento a la brecha digital por aumento de precios y que la industria audiovisual insiste en obligarnos a adquirir audio/video de formas arcáicas, un CD, un DVD o un Blu-Ray a precios abusivos en una tienda física.

En 2010 las dos cosas son inaceptables.

Autor: Eduardo Arcos

Visto en: ALT1040

Decálogo de valores culturales de la ciencia

6 abril 2010

El siguiente decálogo fue extraído de la intervención de Ramón Núñez Centella en el Senado sobre Cultura científica durante la Reunión de Presidentes de Comisiones de Ciencia e Innovación de los Parlamentos Nacionales de los Estados miembros de la Unión Europea y del Parlamento Europeo. Leer el resto de esta entrada »

Wrong

16 febrero 2010

“I reached the wrong ends.
By the wrong means.
It was the wrong plan.
In the wrong hands.
The wrong theory for the wrong man.
The wrong eyes on the wrong prize.
The wrong questions with the wrong replies.”