Archive for the ‘Ciencia’ Category

El colapso de un Glaciar Antártico significa que el aumento en el nivel del mar es ahora “imparable”

12 mayo 2014

El cambio climático es un gran problema multifacético, por lo tanto es difícil nombrar un solo aspecto como el más importante. Sin embargo, un aspecto que es difícil de ignorar es el hecho de que el aumento en el nivel del tiene grandes implicaciones socioeconómicas. Desafortunadamente, una nueva investigación realizadar por el investigador Eric Rignot del Jet Propulsion Laboratory de la NASA y publicada en Geophysical Research Letters sostiene que algunos glaciares en el Oeste de la Antártica “han pasado el punto de no retorno” y se están deslizando al oceáno, dónde contribuirán al incremento en el nivel del mar.

(more…)

Por qué no me preocupan los reactores de Japón

14 marzo 2011
[Lo que sigue es un artículo del Dr. Josef Oehmen (y que yo tomé de Física de Película), científico del MIT. El artículo original (“Why I am not worried about Japan´s nuclear reactors) se encuentra aquí.  Me parece uno de los más completos y claros artículos sobre los problemas de Fukushima, y por eso lo incluyo aquí.  No es, estrictamente, Física de Película, así que olvidad pelis como “El Síndrome de China” … y luego leed esto.  Es largo, así que poneos cómodos.  Mis aclaraciones van entre corchetes.

Y para que conste: sí, soy pro-nuclear.  Siento que a algunos no os guste.  Pero leedlo igual, los detalles son impresionantes]

Estoy escribiendo este texto (12 Marzo) para darte algo de paz de espíritu con relación a algunos de los problemas de Japón, esto es, la seguridad de los reactores nucleares de Japón.  Hasta ahora, la situación es seria pero está bajo control.  !Y este texto es largo!  Pero después de leerlo, sabrás mas sobre las centrales nucleares que todos los periodistas del planeta juntos.
No hay y NO habrá liberaciones significativas de radioactividad.
Por ” significativa” quiero decir un nivel de radiación mayor que lo que recibirías en, digamos, un vuelo a larga distancia, o con beber un vaso de agua cerveza en ciertas zonas con altos niveles de radiación natural.
He estado leyendo cada comunicado de prensa sobre el incidente desde el terremoto.  No ha habido ni un solo informe que sea exacto y libre de errores (y parte de ese problema es también una debilidad en la comunicación japonesa sobre la crisis).  Por “no libre de errores”, no me refiero a periodismo antinuclear tendencioso – eso es bastante normal estos días.  Por “libre de errores” quiero decir errores gordos en relación a las leyes físicas y naturales, así como a una mala interpretación de los datos debida a una obvia falta de comprensión fundamental sobre cómo los reactores nucleares se construyen y funcionan.  He leído un informe de 3 págínas en la CNN, donde cada párrafo contenía un error.
Tendremos que ir al lo básico, antes de ir a lo que está pasando.

Construcción de los reactores nucleares de Fukushima

Los reactores de Fukushima son del tipo de Reactor de Agua en Ebullición, o BWR [Boiling Water Reactor].  Los Reactores de Agua en Ebullición son similares a una olla a presión.  El combustible nuclear calienta el agua, el agua entra en ebullición y crea vapor, el vapor impulsa turbinas que crean la electricidad, el vapor se enfría y es condensado de nuevo a agua, y el agua se envía de vuelta para volver a ser calentada por el combustible nuclear. La olla a presión funciona a unos 250 ºC
El combustible nuclear es óxido de uranio.  El óxido de uranio es cerámico, con un punto de fusión muy alto, de unos 3000 ºC.  El combustible se fabrica en pastillas (pequeños cilindros del tamaño de piezas de Lego).  Esas piezas se insertan en un largo tubo hecho de Zircaloy [aleación de circonio] con un punto de fusión de 2200ºC, y se sellan bien.  El conjunto se llama barra de combustible.  Estas barras se juntan para formar paquetes más largos, y un conjunto de estos paquetes van al reactor.  Todos esos paquetes juntos se conocen como “el núcleo”.
La envoltura de Zircaloy es el primer sistema de confinamiento.  Separa el combustible radiactivo del resto del mundo.
El núcleo se inserta ahora en una “vasija de presión”.  Eso es la olla a presión de que hablamos antes.  La vasija de presión es el segundo sistema de confinamiento.  Es una cacerola bien fuerte, diseñada para contener con seguridad el núcleo a temperaturas de varios cientos de ºC.  Eso cubre los escenarios en los que el enfriamiento puede ser restaurado hasta cierto punto.
Todo el “hardware” del reactor nuclear (la vasija de presión y todas las tuberías, bombas y reservas de refrigerante –agua- ) se envuelve ahora en un tercer sistema de confinamiento.  Este sistema es una burbuja hermética, muy gruesa, del mejor acero y cemento.  El tercer sistema de confinamiento está diseñado, construido y probado para un único propósito: contener indefinidamente una fundición [meltdown] total del núcleo.  Para eso, se ubica un gran y grueso suelo de cemento bajo la vasija de presión (el segundo sistema de confinamiento), todo dentro del tercer sistema.  Este es el llamado “recogedor del núcleo”.  Si el núcleo se funde y la vasija de presión revienta (y acaba fundiéndose), recogerá el combustible fundido y todo lo demás.  Suele construirse de tal forma que el combustible nuclear se esparcirá, permitiendo que se enfríe.
El tercer sistema de confinamiento está a su vez rodeado por el edificio del reactor.  El edificio del reactor es una concha exterior que debe mantener el clima fuera, y no dejar entrar nada (esta es la parte que fue dañada por la explosión, pero ya volveremos luego a eso).

Fundamentos de las reacciones nucleares

El combustible de uranio genera calor mediante fisión nuclear.  Los grandes átomos de uranio se parten en átomos más pequeños.  Eso genera calor y neutrones (una de las partículas que forman un átomo).  Cuando el neutrón golpea otro átomo de uranio, lo rompe, generando más neutrones, y así sucesivamente.  A eso se llama reacción nuclear en cadena.
Ahora bien, tan sólo empaquetar un montón de barras de combustible generaría un sobrecalentamiento rápido, y tras unos 45 minutos llegaría a una fundición de las barras de combustible.  Vale la pena mencionar en este punto que el combustible nuclear de un reactor NUNCA puede causar una explosión nuclear como la de una bomba atómica.  Construir una bomba nuclear es realmente muy difícil (preguntadle a Irán).  En Chernobil, la explosión fue causada por una excesiva presión, explosión de hidrógeno y ruptura de todos los sistemas de confinamiento, propulsando material fundido del núcleo hacia la atmósfera (una “bomba sucia”).  Por qué eso no puede suceder, y no sucederá, en Japón, lo veremos más adelante.
Para controlar la reacción nuclear en cadena, los operarios del reactor usan las llamadas “barras de control”.  Las barras de control absorben los neutrones y acaban instantáneamente con la reacción en cadena.  Un reactor nuclear se construye de forma tal que, cuando funciona normalmente, las barras de control están extraídas.  El agua del refrigerante se lleva el calor (y lo convierte en vapor y electricidad) a la misma velocidad a la que lo produce el núcleo.  Y tienes mucho margen en torno al punto estándar de funcionamiento de 250ºC.
El reto está en que, después de insertar las barras y detener la reacción en cadena, el núcleo continúa produciendo calor.  El uranio “detuvo” la reacción en cadena.  Pero se crea un conjunto de elementos radiactivos intermedios durante el proceso de fisión, muy particularmente isótopos de Cesio y Yodo, esto es, versiones radiactivas de esos elementos, que tarde o temprano se desintegrarán en átomos más pequeños que no serán radiactivos.  Esos elementos siguen desintegrándose y produciendo calor. Como ya no se regeneran a partir del uranio (el uranio dejó de desintegrarse cuando se insertaron las barras de control), decrecen en número, y el núcleo se enfría en cuestión de días, hasta que esos elementos intermedios radiactivos se agotan.
Es el calor residual lo que ahora está causando los problemas.
Así que el primer “tipo” de material radiactivo es el uranio de las barras de combustible, junto con los elementos radiactivos intermedios en los que se convierte el uranio, los cuales también están en las barras de combustible (Cesio y Yodo).
Fuera de las barras de combustible, se crea un segundo tipo de material radiactivo. La diferencia fundamental es ésta: esos materiales radiactivos tienen una vida media muy breve, lo que significa que se desintegran con gran rapidez y se convierten en materiales no radiactivos.  Por rápido quiero decir segundos.  Si esos materiales radiactivos se liberan en el medio ambiente, sí, se libera radiactividad, pero no, no es peligroso en absoluto.  ¿Por qué?  Para cuando hayas deletreado “R-A-D-I-O-N-Ú-C-L-I-D-O”, ya serán inofensivos, puesto que se habrán desintegrado en elementos no radiactivos.  Esos elementos radiactivos son N-16, el isótopo (o versión) radiactivo del nitrógeno (aire).  Los otros son gases nobles como el Argón.  Pero ¿de dónde salen? Cuando el uranio se desintegra, genera un neutrón (ver más arriba).  La mayoría de los neutrones golpearán otros átomos de uranio y mantendrán en marcha la reacción nuclear.  Pero algunos abandonarán la barra de combustible y golpearán las moléculas de agua, o bien el aire contenido en el agua.  Entonces, un elemento no radiactivo puede “capturar” el neutrón.  Se vuelve radiactivo.  Como se ha descrito antes, se librará del neutrón rápidamente (en segundos), para volver a su bonito yo anterior.
Este segundo “tipo” de radiación es muy importante cuando hablemos de radiactividad liberada al medio ambiente más adelante.

Qué sucedió en Fukushima

Intentaré resumir los hechos principales.  El terremoto que golpeó Japón fue 5 veces más potente que el peor terremoto para el que la centran nuclear fue construida (la escala Richter es logarítmica; la diferencia entre el 8.2 para el que fue diseñada la central, y el 8.9 que sucedió, es 5 veces, no 0.7).  Así que un primer hurra para la ingeniería japonesa, todo aguantó firme.
Cuando el terremoto golpeó con 8.9, los reactores nucleares pasaron todos a modo de cierre automático. En cuestión de segundos, las barras de control habían sido insertadas en el núcleo, y la reacción nuclear en cadena del uranio se detuvo.  Ahora el sistema de refrigeración tiene que llevarse el calor residual.  La carga de calor residual es aproximadamente un 3% del calor que se tiene en condiciones normales de funcionamiento.
El terremoto destruyó el suministro externo de energía al reactor.  Ese es uno de los accidentes más serios para una central nuclear, y en consecuencia, un “apagón del reactor” recibe mucha atención a la hora de diseñar sistemas de respaldo.  Se necesita energía para mantener funcionando las bombas que mueven el refrigerante.  Como el reactor ha sido apagado, ya no puede producir electricidad por sí mismo.
Las cosas fueron buen durante una hora.  Un conjunto múltiple de generadores diésel de emergencia se pusieron en marcha,  proporcionando la electricidad necesaria.  Entonces llegó el tsunami, mucho más grande de lo que los constructores del reactor habían esperado (ver más arriba, factor 7 [errara: es factor 5]).  El tsunami se llevó por delante todos los generadores diésel de emergencia.
Cuando diseñan una central nuclear, los ingenieros siguen la filosofía de “Defensa en Profundidad”.  Eso significa que, primero, lo construyes todo para soportar la peor catástrofe que puedas imaginar, y luego diseñas la central de forma que aun así pueda con un fallo del sistema (que no pensabas que podría suceder) tras otro.  Un caso así sería un tsunami que se llevase por delante toda la energía de emergencia.  La última línea de defensa es ponerlo todo en el tercer sistema de confinamiento (ver más arriba), eso mantendrá todo en el interior del reactor, sea cual sea el problema, con barras de control o sin ella, con el núcleo fundido o sin fundir.
Cuando fueron eliminados los generadores diésel, los operarios del reactor cambiaron a energía de baterías de emergencia.  Las baterías fueron diseñadas para ser un respaldo del respaldo, y proporcionar energía para enfriar el núcleo durante 8 horas.  Y eso hicieron.
En esas 8 horas, hay que encontrar otra fuente de energía y conectarlo al reactor.  La red de energía eléctrica había caído debido al terremoto.  Los generadores diésel fueron destruidos por el tsunami.  Así que se enviaron generadores diésel móviles en camión.
Aquí es donde las cosas comenzaron a ponerse feas.  Los generadores externos no pudieron conectarse al reactor (los enchufes no encajaban).  Así que, cuando las baterías se agotasen, el calor residual no podría ser extraído.
En este punto, los operarios del reactor comenzaron a seguir procedimientos de emergencia para un “evento de pérdida del refrigerante”.  Es de nuevo un paso en las líneas de “Defensa en Profundidad”.  Nunca debería haber fallado por completo la energía a los sistemas de refrigeración, pero lo hizo, así que se “retiraron” a la siguiente línea de defensa.  Todo esto, sorprendente como pueda parecernos a nosotros, es parte del entrenamiento del día a día que tienen que seguir los operadores del reactor, hasta la propia fundición del núcleo.
Fue en este punto cuando la gente comenzó a hablar de fundición del núcleo.  Porque al final del día, si no se conseguía restaurar la refrigeración, el núcleo acabaría fundiéndose (tras horas o días), y entraría en juego la última línea de defensa, el recogedor del núcleo y el tercer sistema de confinamiento.
Pero en esta fase, el objetivo era gestionar el núcleo mientras se calentaba, y asegurarse de que el primer sistema de confinamiento (los tubos de Zircaloy que contenían el combustible nuclear) y el segundo (nuestra olla a presión) permaneciesen intactos y operativo durante todo el tiempo posible, para dar a los ingenieros tiempo para arreglar los sistemas de refrigeración.
Como refrigerar el núcleo es una tarea enorme, el reactor tiene varios sistemas de refrigeración, cada uno de ellos en múltiples versiones (el sistema de limpieza de agua del reactor, la retirada del calor, el enfriamiento aislante del núcleo del reactor, el sistema de enfriamiento líquido en espera, el sistema de enfriamiento de emergencia del núcleo).  Cuál de ellos falló, cuándo, o si no falló, no está claro en estos momentos.
Así que imagina nuestra olla a presión a fuego lento.  Los operarios usan cualquier tipo de sistema de refrigeración que tengan a mano para librarse de todo el calor posible, pero la presión comienza a incrementarse.  La prioridad ahora es mantener la integridad del primer confinamiento (mantener la temperatura de las barras de combustible por debajo de 2200ºC), así como el segundo confinamiento, la olla.  Para mantener la integridad de la olla (el segundo confinamiento), hay que soltar vapor de vez en cuando.  Como la capacidad de poder hacerlo en una emergencia es tan importante, el reactor tiene 11 válvulas de presión.  Los operarios comenzaron a liberar vapor de vez en cuando para controlar la presión.  La temperatura en este punto era de unos 550ºC.
Es entonces cuando comenzaron los informes sobre “filtraciones de radiación”.  Creo haber explicado antes por qué ventilar el vapor es teóricamente lo mismo que liberar radiación en el ambiente, pero por qué no era y no es peligroso.  El nitrógeno radiactivo y los gases nobles no constituyen una amenaza a la salud humana.
En algún momento de este proceso de ventilación, sucedió la explosión.  La explosión tuvo lugar fuera del tercer sistema de confinamiento (nuestra “última línea de defensa”), y fuera del edificio del reactor.  Recuerda que el edificio del reactor no tiene ninguna función de contención de la radiactividad.  No está del todo claro qué sucedió, pero esto es lo más probable: Los operarios decidieron liberar vapor de la vasija de presión, pero no directamente al exterior, sino al espacio entre el tercer confinamiento y el edificio del reactor (para que el vapor tuviera más tiempo de reducir su radiación).  El problema es que, a las altas temperaturas que el núcleo había ya alcanzado, las moléculas de agua pueden “disociarse” en oxígeno e hidrógeno … una mezcla explosiva.  Y explotó, fuera del tercer sistema de confinamiento, dañando el edificio del reactor.  Fue ese tipo de explosión, pero dentro de la vasija de presión que llevó a la explosión en Chernobil (ya que fue mal diseñado y mal gestionado por los operarios).  Esto nunca fue un riesgo en Fukushima.  El problema de formación de hidrógeno-oxígeno es de los gordos cuando diseñas un reactor nuclear (si no eres soviético, vamos), así que el reactor se construye y funciona de forma que esto no pueda suceder dentro del sistema de confinamiento.  Sucedió en el exterior, lo que no estaba pensado pero era un escenario posible, y estuvo bien, porque no representaba un riesgo al sistema de confinamiento.
Así que, al liberar vapor, la presión estaba bajo control.  Ahora bien, si la olla sigue hirviendo, el problema es que el nivel del agua bajará y bajará.  El núcleo está cubierto por varios metros de agua para que pase algún tiempo (horas, días) antes de que quede expuesto [al aire].  Una vez que las barras comiencen a quedar expuestas por la parte superior, dicha parte alcanzará la temperatura crítica de 2200ºC en unos 45 minutos.  Ahí es cuando fallaría el primer sistema de confinamiento, el tubo de Zircaloy.
Y eso es lo que comenzó a suceder.  Antes de que la refrigeración fuese restaurada, se dañó (de forma limitada, pero se dañó) la envoltura de parte del combustible.  El propio material nuclear estaba intacto, pero el recubrimiento exterior de Zircaloy comenzó a fundirse.  Lo que sucedió a continuación es que algunos de los subproductos de la desintegración del uranio (Cesio y Yodo radiactivos) comenzaron a mezclarse con el vapor.  El problema gordo, el uranio, seguía bajo control, ya que las barras de óxido de uranio aguantan hasta los 3000ºC.  Se confirmó que se midieron cantidades muy pequeñas de Cesio y Yodo en el vapor liberado a la atmósfera.
Parece que esa fue la “señal de adelante” para un gran plan B.  Las pequeñas cantidades de Cesio que se midieron indicaron a los operarios que el primer sistema de confinamiento de una de las barras iba a ceder.  El Plan A consistía en restaurar uno de los sistemas de normales de enfriamiento del núcleo.  Por qué falló no está claro.  Una explicación plausible es que el tsunami también se llevó por delante, o bien contaminó, toda el agua limpia necesaria para los sistemas normales de refrigeración.
El agua usada en el sistema de refrigeración es agua muy limpia, desmineralizada (como destilada).  El motivo de usar agua pura es la anteriormente mencionada activación por los neutrones procedentes del uranio: el agua pura no se activa mucho, así que queda prácticamente libre de radiactividad.  El polvo o la sal en agua absorberían mejor los neutrones, haciéndose más radiactivos.  Esto no afecta al núcleo, ya que le da igual con qué lo enfriemos.  Pero hará la vida mucho más difícil para los operarios y los mecánicos, si éstos tienen que trabajar con agua activada (ligeramente radiactiva).
Pero el Plan A había fallado (los sistemas de refrigeración habían caído, o bien no había disponible más agua pura), así que entró el Plan B.  Esto es lo que parece que sucedió:
Para evitar una fundición del núcleo, los operarios comenzaron a usar agua de mar para enfriar el núcleo.  No estoy seguro de si la usaron para inundar la vasija de presión (el segundo sistema de confinamiento), o si inundaron el tercer confinamiento, sumergiendo la vasija de presión.  Pero esto no es relevante.
La cuestión es que el combustible nuclear había sido enfriado.  Puesto que la reacción en cadena se había detenido tiempo ha, sólo hay ahora un poco de calor residual.  La gran cantidad de agua de refrigeración usada es suficiente para extraer ese calor.  Como es un montón de agua, el núcleo ya no produce suficiente calor para generar presiones significativas.  Asimismo, se añadió ácido bórico al agua de mar.  El ácido bórico es una “barra de control líquida”.  Sea lo que sea que siga desintegrándose, el boro capturará los neutrones y acelerará el enfriamiento del núcleo.
El reactor estuvo cerca de una fundición.  Esto es lo peor que podía haber pasado, y que se evitó: Si no se hubiera usado el agua de mar, los operarios habrían seguido liberando vapor de agua para evitar una presión excesiva.  El tercer sistema de confinamiento habría sido sellado por completo para permitir la fundición sin que se liberase material radiactivo.  Tras la fundición, habría habido un período de espera para que los materiales radiactivos intermedios se desintegrasen dentro del reactor, y para que todas las partículas radiactivas se depositasen en la superficie, dentro del sistema de confinamiento.  El sistema de refrigeración se restauraría tarde o temprano, y el núcleo fundido se enfriaría hasta una temperatura más manejable.  Se limpiaría el sistema de confinamiento por dentro.  Luego comenzaría un pesado trabajo de retirada del núcleo fundido, empaquetamiento del combustible (sólido de nuevo) fragmento a fragmento, para su transporte en contenedores hasta las plantas de procesado.  Dependiendo del  daño, el bloque del reactor sería reparado o desmantelado.
¿Y dónde nos deja esto?  Mi evaluación es:
  • La central está asegurada y así permanecerá
  • Japón lo ha declarado un Accidente INES de Nivel 4: Accidente nuclear con consecuencias locales.  Eso es malo para la empresa propietaria de la central, pero no para los demás
  • Se ha liberado algo de radiación cuando se ventiló la vasija de presión.  Todos los isótopos radiactivos del vapor activado han sido eliminados (desintegrados).  Se liberó una cantidad muy pequeña de Cesio y de Yodo.  Si estuvieses sentado encima de la chimenea del reactor cuando estaba siendo ventilado, deberías dejar de fumar para volver a tu anterior esperanza de vida.  Los isótopos de Cesio y Yodo acabaron en el mar y no volveremos a verlos
  • Hubo un daño limitado en el primer sistema de confinamiento.  Eso significa que ciertas cantidades de Cesio y Yodo radiactivo serán también liberadas en el agua de refrigeración, pero no uranio u otras sustancias feas (los óxidos de uranio no se disuelven en agua).  Hay instalaciones para tratar el agua de refrigeración del tercer sistema de confinamiento.  El Cesio y Yodo radiactivo serán retirados y finalmente almacenados como residuos radiactivos.
  • El agua de mar usada como refrigerante estará activada en cierto grado.  Como las barras de control están totalmente insertadas, no está sucediendo la reacción en cadena de uranio.  Eso significa que la reacción nuclear “principal” no está sucediendo, y por tanto no contribuye a la activación.  Los materiales radiactivos intermedios (Cesio y Yodo) casi han desaparecido en este punto, ya que la desintegración de uranio se detuvo hace tiempo.  Eso reduce más la activación-  Habrá algo de activación de bajo nivel en el agua de mar, la cual tendrá también que ser retirada.
  • El agua de mar tendrá, con el tiempo, que ser reemplazada con agua “normal” de refrigeración
  • El núcleo del reactor será entonces desmantelado y transportado a una instalación de procesamiento, igual que durante el cambio habitual de combustible.
  • Las barras de combustible y todo el reactor serán revisados en busca de posibles daños.  Eso llevará unos 4-5 años.
  • Los sistemas de seguridad de todos los reactores japoneses serán mejorados para poder soportar un terremoto y tsunami de intensidad 9.0 (o peor)
  • (Actualizado) Creo que el mayor problema será una prolongada escasez de energía.  11 de los 55 reactores nucleares de Japón fueron desconectados en varias centrales y tendrán que ser inspeccionados, reduciendo directamente la capacidad de generación nuclear de energía en un 20%, en un país donde el 30% de la capacidad generadora de energía del país es de origen nuclear.  No he pensado en posibles consecuencias para otras centrales nucleares no directamente afectadas.  Probablemente se podrán cubrir las pérdidas con centrales de gas que se suelen usar solamente para cargas pico, y que ahora tendrán que cubrir también las necesidades de carga base.  No estoy familiarizado con la cadena de suministro japonesa de petróleo, gas y carbón, ni con los daños sufridos a los puertos, refinerías, redes de almacenamiento y transporte, así como los daños a la red nacional de distribución.  Todo eso incrementará la factura de la luz, y provocará cortes de energía en Japón durante la demanda punta y los esfuerzos de reconstrucción.
  • Todo esto es solamente parte de un cuadro mucho más grande.  La respuesta a la emergencia tiene que tratar con problemas de refugios, agua potable, alimentación, cuidados médicos, infraestructura de transportes y comunicaciones, además de al suministro eléctrico.  En un mundo con magras redes de suministro, vemos grandes retos en todos esas áreas.
Si quiere seguir informado, olvide los medios tradicionales y consulten los siguientes sitios web:

http://www.world-nuclear-news.org/RS_Battle_to_stabilise_earthquake_reactors_1203111.html
http://www.world-nuclear-news.org/RS_Venting_at_Fukushima_Daiichi_3_1303111.html
http://bravenewclimate.com/2011/03/12/japan-nuclear-earthquake/
http://ansnuclearcafe.org/2011/03/11/media-updates-on-nuclear-power-stations-in-japan/

Visto en: Física de Película vía Ciencia Microsiervos.

Morir de miedo… ajeno

7 enero 2011

El arroz dorado

Imagen de Wikimedia Commons

En el año 2000, Ingo Potrykus, científico alemán del Instituto de Ciencias Vegetales de Instituto Federal Suizo de Tecnología, anunció haber conseguido introducir en una variedad de arroz dos genes (uno de una bacteria y otro de la flor del narciso). Con estos genes, este alimento esencial de 3 mil millones de personas en Asia y África biosintetiza beta-caroteno natural, una sustancia que nuestro cuerpo utiliza para producir vitamina A. El objetivo Potrykus era darle una fuente de vitamina A al 10% de las personas que dependen del arroz y tienen una grave deficiencia de vitamina A. La falta de vitamina A, que afecta aproximadamente a un tercio de los niños del mundo es una deficiencia nutricional grave, ocasiona anualmente la muerte de unos 670 mil niños menores de 5 años, la ceguera a entre 250 mil y 500 mil niños más y participa en problemas de bajos niveles de crecimiento entre los niños.

El resultado, el “arroz dorado”, llamado así por su color amarillo anaranjado a diferencia del blanco del arroz común, era además un proyecto humanitario. A diferencia de las semillas transgénicas producidas como negocio por empresas de biotecnología, el arroz dorado se creó para darse gratuitamente a los agricultores, en especial los pobres.

Ante esta promesa, diversos grupos presuntamente ecologistas, muy destacadamente Greenpeace, se aferraron al dogma de oponerse a todo organismo genéticamente modificado (sea que alteren sus propios genes o que se introduzcan genes de otros organismos, como en este caso). Sin explicaciones, sin justificaciones, “como asunto de principios”, dijo el director de la campaña contra el arroz dorado Benedikt Haerlin quien en 2001 amenazaba con “acciones”, en el estilo habitual del grupo (su afirmación, en ese email, de que la gente tendría que comer 9 kg diarios de arroz para obtener la vitamina A necesaria, por cierto, es una mentira clarísima; 144 gramos rinden el consumo diario recomendado, muy por encima de lo necesario para evitar la deficiencia de vitamina A). Cierto que sería mejor que esos 3 mil millones de personas tuvieran acceso a dietas balanceadas con tuberosas, verduras de hojas y frutas, pero es inviable en la situación socioeconómica y política actual. Ante una acción positiva, real e inmediata, los pseudoecologistas optaron por la fantasía. Como decirle a una víctima de un apuñalamiento que “lo mejor sería que no lo hubieran apuñalado” y usar eso como argumento para no darle atención médica.

Ya retirado, Ingo Potrykus, que fue además atacado, amenazado e insultado por su intención de salvar seres humanos (al grado que su invernadero suizo era una instalación de alta seguridad antiterrorista) se ha dedicado al Consejo Humanitario del Arroz Dorado para conseguir que este grano se ponga a disposición de quienes se beneficiarían de él. En 10 años de oposición, son millones las muertes y casos de ceguera y otras afecciones que se podían haber evitado, vidas que han dependido de lo que cada vez parece más una religión, con dogmas inatacables, principios no sometidos a discusión y un rechazo a la ciencia que poco se diferencia del que practican los creacionistas, pseudomédicos y conspiranoicos más delirantes.

Mosquitos contra el dengue

2011 amanece con otra historia de horror de simulación ecologista de la que nos informa Jorge Alcalde, director de la revista Quo.

Imagen de Wikimedia Commons

A fines de 2010, las autoridades de Malasia anunciaronque emprenderían un programa para liberar mosquitos machos genéticamente modificados de la especieAedesw aegypti para controlar la fiebre del dengue, causada por un virus cuyo vector es, precisamente, ese mosquito. El dengue infecta a entre 50 y 100 millones de personas al año, medio millón de las cuales necesitan hospitalización, y mata a unas 12.500 personas en toda la franja tropical del planeta, endémico en 110 países.

El mosquito macho básicamente tiene genes que hacen que sus crías sean inviables, reduciendo así la población del mosquito.

Sistemas así ya se usan desde hace años aunque la modificación genética se hace mediante radiación nuclear. El gusano barrenador del ganado, larva de la mosca Cochliomyia hominivorax ha sido controlado en Estados Unidos y el norte de México produciendo primero por selección artificial machos altamente atractivos para las hembras y luego criando sus larvas en una planta productora situada en el estado mexicano de Chiapas. Las larvas son irradiadas con rayos gamma de cobalto 60, esterilizándolas. Como la hembra de esta mosca sólo se aparea una vez en la vida, si opta por uno de estos atractivos pero estériles machos, sus huevos no serán viables, evitando muertes de ganado y problemas económicos a los productores grandes y pequeños.

A principios de 2011, las autoridades malayas han anunciado que suspenden indefinidamente el plan piloto de liberación de entre 4 mil y 6 mil machos modificados genéricamente debido a las protestas de grupos ecologistas y de consumidores. Algunos de los argumentos para no emprender esta acción contra el dengue realmente alucinan, como el de Jaymi Heinbuch, que bien atendido en California nunca tendrá dengue, ni lo sufrirán sus hijos, y que asegura que hay “formas más holísticas” de evitar la difusión de la enfermedad. Menciona los esfuerzos para controlar las aguas estancadas, más costosos y que han fracasado después de años de lucha (pero que mejorarían enormemente si se utilizara DDT, uno de los demonios del pseudoecologismo), o aumentar el acceso de los malayos a la atención médica de calidad. Esto último es imposible dadas las condiciones del país, por holístico que le suene a un adepto al new age de California, pero además no prevendría la enfermedad, sólo ayudaría a reducir el número de muertes tratando a tiempo a quienes padecen los atroces síntomas del dengue.

El sufrimiento de los enfermos, al parecer, es lo bastante holístico para no preocupar a personas que se han autoproclamado los salvadores de la tierra.

Autor: Mauricio José Schwartz.

Visto en: El retorno de los Charlatanes.


A mí me funciona

10 noviembre 2010

Virtulinda y los elefantes

Cada media hora, más o menos y esté donde esté, la tía Virtulinda suelta sin previo aviso un aullido desgarrador, aletea entusiasta varias veces, se mete cuatro dedos en la boca y silba el tema de la Obertura 1812 de Tchaikovsky (en riguroso mi bemol) antes de imitar el ruido de arranque de un tren mientras da tres vueltas sobre el dedo gordo del pie derecho con los ojos en blanco, al cabo de lo cual continua la conversación como si no hubiera acontecido nada digno de mención, aunque los visitantes no advertidos suelen quedar bastante averiados y más de un infarto al miocardio se le ha atribuido a la práctica de Virtulinda. Cuando se le pregunta por qué desarrolla esa inquietante sucesión de actividades, Virtulinda explica que es  para ahuyentar a los elefantes. Por supuesto, uno comenta que en Cozumel, donde vive Virtulinda, no hay elefantes, ante lo cual ella esboza una amplia y satisfecha sonrisa de “deber cumplido” y sentencia: “Funciona, ¿lo ves?”

La tía Virtulinda está absolutamente convencida de que “a ella le funciona” el aleteo,el silbido, el tren y las vueltas, y que esas acciones, en ese orden, son las responsables de que la paradisíaca isla del Caribe mexicano no sufra de una peligrosísima plaga de elefantes rondando por sus modestos 647 kilómetros cuadrados de superficie.

Es imposible convencer a Virtulinda de que la ausencia de paquidermos en la isla se podría deber a otras causas. Y, por supuesto, no está dispuesta a realizar el obvio experimento de suspender sus ruidos y meneos a ver si su ausencia se traduce en la aparición súbita de una manada de elefantes en Cozumel, ya fuera africanos, asiáticos o de peluche.

Y si usted le dice a Virtulinda que no hay pruebas de que sus desfiguros mantengan alejados a los elefantes, lo azotará con el látigo de nueve colas de su desprecio o, si amaneció con la ciática, lo azotará con la sartén grande, certeramente aplicada al punto anatómico donde se encuentran el parietal, el temporal y el occipital, mismos que nunca más se volverán a encontrar, dejándole bastante estropeada la cajita de pensar.

Cuando se habla de supuestas prácticas curativas o terapéuticas, suele llegarse a un punto en que, confrontado el creyente con el hecho de que no existen pruebas, evidencias, estudios o validaciones sólidas para la práctica que le entusiasma, sea la homeopatía, la acupuntura, la quiropráctica o los sacrificios de corderos a Apolo, procede a quitarle importancia a ese detalle diciendo: “A mí me funciona”.

O sea, esta persona no necesita ni desea pruebas de laboratorio, ensayos clínicos, estudios epidemiológicos, análisis de farmacodinámica, bioquímica y fisiología, eficacia, toxicidad, riesgos varios, etc., porque considera que ya tiene una prueba suficiente la de su propia experiencia. Con similar frecuencia, cuando alguien expresa dudas sobre la eficacia de una práctica curativa, especialmente tratándose de algunas singularmente descabelladas como el reiki y la homeopatía, en vez de hablarse de estudios, evidencias, pruebas clínicas, etc., el proponente solicita al crítico que experimente por sí mismo la práctica curativa, convencido de que, al sentirse curado, el crítico dejará de lado también la necesidad o deseo de contar con pruebas de laboratorio, ensayos clínicos, estudios epidemiológicos, análisis de fármacodinámica, funcionamiento, eficacia, riesgos, etc.

De “La pulga snob” de Andrés Diplotti

Una lógica aplastantemente equivocada

¿Qué cadena de acontecimientos lleva a que alguien diga “a mí me funciona” respecto de tal o cual práctica supuestamente curativa?

En primer lugar, la persona tiene una enfermedad, afección, incomodidad, trastorno, dolencia, achaque, padecimiento, indisposición o alifafe al que llamaremos “A”. “A” puede haber  sido diagnosticado con las más recientes técnicas médicas o, cosa bastante frecuente, puede haber sido diagnosticado por la persona, la vecina del dieciséis, la comadre Matatena, la tía Válamedios, una señora en la cola de la compra, un actor en horas bajas en televisión o un pseudomédico con un título obtenido por Internet y en 15 minutos (como el título de especialista en medicina homeopática que tiene este blog). Ante este diagnóstico ya de por sí dudoso, la persona consume un producto o realiza una acción o se somete a un proceso supuestamente terapéutico a los que llamaremos “B”, y que pueden ir desde el consumo de heces de cabra (remedio esencial de la “medicina” ayurvédica) o de pildoras de azúcar sin nada más que azúcar, hasta que le pasen por encima un puro de hierbas malolientes (la tal “moxibustión” china) o incluso trasladarse a París para que un actorcillo con el seso en situación de desamparo le apriete fuertemente los testículos (remedio que según el actorcillo en cuestión, Alejandro Jodorowsky, es eficacísimo para algo). Pasado un tiempo no demasiado preciso, la persona siente que ha disminuido o ha desaparecido su enfermedad, afección, incomodidad, trastorno, dolencia, achaque, padecimiento, indisposición o alifafe, dice que se ha curado, a lo que llamaremos “C”.

Al decir “a mí me funciona”, la persona expresa la absoluta convicción de que el efecto C es producto, resultado, consecuencia y efecto de B sobre A. La acción B ha causado que A desaparezca y por tanto es curativa. Asunto concluido.

El problema, claro, es que esa lógica no es tan sólida como podría parecer a primera vista. Aunque se presente con frecuencia acompañada de una pasión vociferante y farisaica, casi religiosa y de un entusiasmo un poco exagerado.

La misma lógica se usa en situaciones como la siguiente:

Mal de ojo y brujería

El niño N está sano, un día lo mira el vecino V y poco después el niño sufre una dolencia E. La conclusión de la lógica que vimos en el “a mí me funciona” es que la dolencia E fue causada o provocada por la mirada del vecino V.

¿Le parece absurdo? No lo es. Es el supuesto “mal de ojo”, y por supuestamente causarlo, se ha linchado a una buena cantidad de seres humanos a lo largo de la historia. Un niño que tiene diarrea, que llora, etc., se considera con frecuencia (hoy en día y también en la Europa siglovigesimoprimérica, no en el pasado y entre tribus paleolíticas) víctima del mal de ojo, y los diarios e Internet están pletóricos de personas dispuestas a explicarnos el mal de ojo, enseñarnos cómo curarlo y hasta cobrarnos por curarlo. Mire aquí, aquí, aquíaquí o aquí sólo como ejemplos, hay literalmente cientos de miles, quizá millones de páginas en Internet que consideran que el mal de ojo es algo real.

Y no es que la gente que cree en el mal de ojo sea tonta. Como quien cree en la homeopatía, la acupuntura o cualquiera de los cientos de disciplinas pseudoterapéuticas a nuestro alcance y que quieren hurgar en nuestros bolsillos, simplemente usan una lógica incorrecta a la que le dan un valor muy superior al que tiene. Y los beneficiarios del cuento, los que hurgan en los bolsillos y se apropian los euros, no tienen ninguna intención de que aprendan una mejor lógica.

Razonablemente podemos decir que, vamos, a los niños les da diarrea continuamente, y lloran sin motivo hasta llevar a sus padres al borde de la locura y un poquito más allá, y que  las causas de la diarrea son muchísimas, no todas debidamente conocidas, y que muchas veces la diarrea se cura sola y que la diarrea y la mirada del desconocido simplemente han coincidido sin que una cause a la otra.

Y también puede serlo el que alguien se sienta mejor después de un pseudotratamiento no médico.

Si teníamos un sembradío en buenas condiciones y un día veíamos que pasaba la vecina tuerta solterona que tenía al gato negro y resultaba que poco después sufríamos una plaga y perdíamos la cosecha, no era infrecuente que la vecina tuerta fuera acusada de practicar la brujería y en no pocas ocasiones ejecutada con pocos miramientos.

El hecho de que una cosa ocurra después de otra no significa que sea causada por ella.

Claro que podemos decir que el paseo de la vecina tuerta y la plaga de la cosecha son una simple coincidencia, y evitarle a la mujer la pena de ser juzgada y condenada por bruja simplemente por decidir una relación causa-efecto que realmente no es nada fiable.

Y también puede serlo que alguien mejore después de un pseudotratamiento médico.

La falacia y la prueba

A este error se le conoce en lógica como falacia “post hoc, ergo propter hoc“, latinajo que significa “después de esto, por tanto a consecuencia de esto” y que se ve mejor escrito así:

El no tener claras las causas de algo es una forma de pensamiento mágico a la que habitualmente le llamamos superstición, es decir, le atribuimos un efecto a una causa que nos parece “lógica” o simplemente nos gusta. O nos dijeron que funcionaba.

A nuestro alrededor encontramos numerosas supersticiones que caen en esa falacia: futbolistas que un día que se pusieron los calzoncillos al revés marcaron un gol, y ahora se ponen los calzoncillos al revés en todos los partidos, sin que les afecte el hecho evidentísimo de que no marcan goles en todos los partidos.

El necio que sólo ve una de las posibles causas, ya no busca más explicaciones. Cree tener una explicación correcta sobre el origen del resultado y no se plantea siquiera la posibilidad de equivocarse. Su visión cerrada, para remate, suele acompañarse con la queja de que el crítico “no tiene la mente abierta” a su cerrazón de miras, y a su afirmación sin bases y de lógica achurruscada e inútil.

Esta forma de pensar nos hace llegar a conclusiones tajante aunque en realidad no tenemos datos suficientes para sostenerla. El que nuestro estado de salud mejore después de una práctica pseudoterapéutica no demuestra que ésta haya sido la causa de la mejoría. Hay muchísimos elementos que podrían afectar el resultado, entre ellos el que estemos tomando medicamentos basados en evidencias al mismo tiempo que realizamos la práctica mágica, un cambio en el clima, el que dejemos de usar una prenda de ropa que nos provoca reacciones, lo que comemos o dejamos de comer, la calidad del aire, la presión atmosférica, nuestro estado de ánimo, la temperatura ambiente y hasta un fenómeno muy sencillo que tiene el complicado nombre de “regresión estadística”, que nos dice que cuando existe un estado extremo, lo más probable es que se regrese a la situación media anterior. Por ejemplo, cuando estamos muy enfermos, lo más probable no es que empeoremos infinitamente, sino que nos sintamos mejor, asunto que sin conocerlo aprovechan muy bien numerosos vendedores de curaciones más que dudosas.

Otro elemento que es probablemente el más común es que la enfermedad corre su curso normal y desaparece como lo hacen la enorme mayoría de las afecciones. En los sitios pseudomédicos no es raro los testimonios del tipo: “tuve gripe durante la mayor parte de una semana, pero después de unos días me sentí mejor gracias a que tomé (pócima X)”. Pues no, con o sin la pócima X, el curso normal de una gripe es de una semana, donde los primeros días nos sentimos especialmente mal y luego vamos mejorando. Con o sin medicina, homeopatía, acupuntura o estridentes cantos a Changó, las gripes duran más o menos una semana.

Luego no podemos descontar las defensas de nuestro propio cuerpo. Salvo casos de especial gravedad, nuestro cuerpo se las arregla bastante bien para enfrentar y contrarrestar las enfermedades. Nuestro cuerpo tiene un complejo y bien afinado sistema inmunitario que reconoce y combate agentes patógenos (productores de enfermedades) de todo tipo, todo el tiempo. Mientras usted lee esto, las células NK de su organismo están destruyendo células infectadas por virus. Usted tiene esos virus, y bacterias, y protozoarios y células cancerosas, y procesos tóxicos de distinto tipo, y ni se entera, sigue feliz hasta el día en que su sistema inmunitario pierde una batalla y usted se siente mal, y busca ayuda.

Así que creer que una práctica determinada causa la curación de una enfermedad es, sin más, una superstición. ¿Cómo sabemos realmente qué es lo que causa, y en qué medida, una curación? El progreso logrado en el conocimiento del universo se lo debemos precisamente a que hemos ido conociendo las limitaciones de nuestra lógica y creamos un procedimiento (llamado “método científico”) diseñado para reunir conocimientos más eficazmente y someter a prueba diversas hipótesis hasta dar con la que mejor describe los hechos. Hechos como la plaga que se cargó nuestra cosecha, la diarrea del niño y la curación o mejora que experimentamos. Sólo estudiando con una lógica adecuada los hechos podemos decir con certeza que una diarrea está causada por una salmonela y no por el mal de ojo, y que se cura con el tiempo o, en casos muy graves, con antibióticos, pero no con arsénico como creen los homeópatas.

Igualmente, tenemos el problema de que hasta los más apasionados proponentes de alguna pseudoterapia aceptan que puede existir la curación C sin que se presente la supuesta causa B. Y sin embargo, pese a ello, siempre consideran que en su caso por supuesto que la causa fue B, aunque en otros pudiera pasar algo distinto. Y la mayoría de las veces no se dan cuenta de lo contradictoria y terriblemente interesada y egolátrica que es tal visión del mundo, además de carecer absolutamente de todo rigor.

Las afirmaciones como “tienes que creerlo porque yo lo he experimentado personalmente, me funciona, yo lo he visto” pertenecen a la clase de falacias (errores de lógica) llamadas “evidencia anecdótica” y no tienen ningún valor probatorio.

Esto con frecuencia enfurece a los creyentes.

Su furia se debe a que olvidan que hay gente que afirma “a mí me funciona” respecto de las afirmaciones más extrañas y descabelladas.

El asunto no es trivial, en lo más mínimo. Cuando uno está ante dos (o más) explicaciones del mismo fenómeno, necesita tener un procedimiento fiable, de eficacia demostrada, para poder evaluar correctamente cuál es la explicación más ajustada a la realidad.

Es decir, cuando desapasionadamente vemos los hechos, resulta que en el proceso que va de A, la aparición de la enfermedad, afección, incomodidad, trastorno, dolencia, achaque, padecimiento, indisposición o alifafe a C, la curación, han ocurrido muchas cosas, y ello nos plantea más preguntas que respuestas.


Para encontrar la verdadera causa de la curación C, lo que tenemos que hacer es investigar con seriedad el asunto. Estudiar a muchos enfermos que hayan padecido A, para ver cuál es el proceso normal de la enfermedad y a cuáles causas suele atribuirse. Podemos, por ejemplo, encontrar a personas que tengan la enfermedad A y, manteniendo controladas todas las demás posibles causas de una curación, hacer que la mitad de ellos se someta a los efectos de B (sustancia, práctica, ritual, etc.) y la mitad se enfrente a la enfermedad sin ayuda. Si resulta que los dos grupos se curan más o menos igual, podríamos decir que no es cierto que B cause la curación C. Aunque alguien crea que le funciona. Los estudios se hacen varias veces para asegurarnos de que el resultado no sea una coincidencia. Si B funciona, podemos empezar a ver qué dosis de B basta para, sin afectar demasiado al enfermo, provocar la curación. Si no funciona, hacemos lo mismo con C, D, E y demás.

A esto se le conoce como método científico. Simple y llanamente. Es una forma ordenada de obtener un conocimiento más fiable que el “a mí me funciona”, “me dijeron”, “tiene una larga tradición” o cualquier otro sistema de los que han fracasado estrepitosamente a lo largo de los milenios.

El método científico nos permite evaluar todas las posibles causas de un efecto hasta encontrar las que son, efectivamente, las responsables de tal efecto.

Más importante aún, este procedimiento nos permite averiguar cuándo y a quién “le funcionan” realmente algunos remedios. El medicamento ideal para doña Dietilamida Malamañana, rotunda diabética de 48 años, 40 de ellos sin hacer ejercicio más agotador que levantarse por la mañana, 120 kilos al ecuador, el colesterol tan alto que los aviones lo rodean, intolerante a la lactosa y en un proceso menopáusico de 8 grados en la escala de Richter podría no ser el remedio adecuado para Aerobindo Maratones, esbelto deportista de 66 kilos, 23 primaveras, las hormonas en estado de alerta total, un estómago capaz de digerir piedras y un habitual consumo de cerveza de tales proporciones que le han puesto una estrella con su nombre en la Oktoberfest.

El “a mí me funciona”, pues, incluso en las pocas ocasiones en que fuera cierto, no es garantía de que “le funcione” a nadie más y por tanto no es razonable, sano ni cuerdo el que la gente intercambie recetas con base en el dudosísimo “a mí me funciona”.
Vamos, si usted no le haría caso a su tío Frumencio, de profesión taxista, si le explicara cómo debe construir su casa o cómo hacer para reparar la red de ordenadores/computadoras de su oficina… ¿por qué le hace caso cuando le dice, injertado súbitamente en médico, que tome infusiones de hierba de nomejodas porque es buenísima para el reflujo y a él le funciona?

Ahora pregúntese usted por qué los vendedores de agua destilada (que gustan que les llamen “homeópatas” y hasta “médicos homeópatas”), los que creen en la magia de unas agujitas que afectan una energía que nadie ha visto (y que prefieren ser llamados “acupunturistas” y hasta “médicos acupunturistas”), los tuercecuellos que año tras año dejan paralíticos a muchos inocentes con sus violentas “correcciones” (a los que les gusta ser conocidos como “quiroprácticos”) y otros sacacuartos que se dejaron la vergüenza en los otros pantalones y que no saben de medicina más que el tío Frumencio no quieren someter sus filfas al método científico.

Siempre habrá alguien a quien “le funcione” cualquier tontería. Si le reza a Santa Tecla y se cura, supondrá que el rezo le funcionó. Si se toma una pócima de pelos de perro y ojos de sapo, supondrá que ésa fue la cura… Y como de la mayoría de las enfermedades nos curamos sin ayuda (con mayor o menor incomodidad), cualquier cosa puede parecer funcionar para mayor gloria de los que venden cosas no probadas.

Y claro, por eso pasan los berrinches que pasan los pseudomédicos, charlatanes, curanderos y vendedores de humo imaginario cuando pese a su reticencia, sus afirmaciones acaban poniéndose a prueba y resulta que no funcionan mejor que un placebo, es decir, un falso medicamento que sólo sirve para complacer (de allí el nombre) al paciente.

Y contundentemente, a día de hoy, ni la homeopatía, ni la acupuntura, ni la quiropráctica, ni las flores de Bach, ni el reiki, ni la chorromedicina ortomolecular, ni ninguno de los miles de delirios que inventan a diario los vagos que no quieren trabajar han demostrado servir para nada.

Salvo para mantener a los vagos que se agarran al “a mí me funciona”, siempre confiados en que al que “no le funcione” tampoco va a hacer demasiada alharaca, claro.

Y todo esto sin meternos, esta vez, con los horribles peligros de estas prácticas, las muertes, el dolor y la desesperación que siembran a su paso.

Autor: Mauricio José Schwartz.

Visto en: El retorno de los Charlatanes.

 

septiembre 26, 2010

A mí me funciona

Virtulinda y los elefantes

Cada media hora, más o menos y esté donde esté, la tía Virtulinda suelta sin previo aviso un aullido desgarrador, aletea entusiasta varias veces, se mete cuatro dedos en la boca y silba el tema de la Obertura 1812 de Tchaikovsky (en riguroso mi bemol) antes de imitar el ruido de arranque de un tren mientras da tres vueltas sobre el dedo gordo del pie derecho con los ojos en blanco, al cabo de lo cual continua la conversación como si no hubiera acontecido nada digno de mención, aunque los visitantes no advertidos suelen quedar bastante averiados y más de un infarto al miocardio se le ha atribuido a la práctica de Virtulinda. Cuando se le pregunta por qué desarrolla esa inquietante sucesión de actividades, Virtulinda explica que es  para ahuyentar a los elefantes. Por supuesto, uno comenta que en Cozumel, donde vive Virtulinda, no hay elefantes, ante lo cual ella esboza una amplia y satisfecha sonrisa de “deber cumplido” y sentencia: “Funciona, ¿lo ves?”

La tía Virtulinda está absolutamente convencida de que “a ella le funciona” el aleteo,el silbido, el tren y las vueltas, y que esas acciones, en ese orden, son las responsables de que la paradisíaca isla del Caribe mexicano no sufra de una peligrosísima plaga de elefantes rondando por sus modestos 647 kilómetros cuadrados de superficie.

Es imposible convencer a Virtulinda de que la ausencia de paquidermos en la isla se podría deber a otras causas. Y, por supuesto, no está dispuesta a realizar el obvio experimento de suspender sus ruidos y meneos a ver si su ausencia se traduce en la aparición súbita de una manada de elefantes en Cozumel, ya fuera africanos, asiáticos o de peluche.

Y si usted le dice a Virtulinda que no hay pruebas de que sus desfiguros mantengan alejados a los elefantes, lo azotará con el látigo de nueve colas de su desprecio o, si amaneció con la ciática, lo azotará con la sartén grande, certeramente aplicada al punto anatómico donde se encuentran el parietal, el temporal y el occipital, mismos que nunca más se volverán a encontrar, dejándole bastante estropeada la cajita de pensar.

Cuando se habla de supuestas prácticas curativas o terapéuticas, suele llegarse a un punto en que, confrontado el creyente con el hecho de que no existen pruebas, evidencias, estudios o validaciones sólidas para la práctica que le entusiasma, sea la homeopatía, la acupuntura, la quiropráctica o los sacrificios de corderos a Apolo, procede a quitarle importancia a ese detalle diciendo: “A mí me funciona”.

O sea, esta persona no necesita ni desea pruebas de laboratorio, ensayos clínicos, estudios epidemiológicos, análisis de farmacodinámica, bioquímica y fisiología, eficacia, toxicidad, riesgos varios, etc., porque considera que ya tiene una prueba suficiente la de su propia experiencia. Con similar frecuencia, cuando alguien expresa dudas sobre la eficacia de una práctica curativa, especialmente tratándose de algunas singularmente descabelladas como el reiki y la homeopatía, en vez de hablarse de estudios, evidencias, pruebas clínicas, etc., el proponente solicita al crítico que experimente por sí mismo la práctica curativa, convencido de que, al sentirse curado, el crítico dejará de lado también la necesidad o deseo de contar con pruebas de laboratorio, ensayos clínicos, estudios epidemiológicos, análisis de fármacodinámica, funcionamiento, eficacia, riesgos, etc.

De “La pulga snob” de Andrés Diplotti

Una lógica aplastantemente equivocada

¿Qué cadena de acontecimientos lleva a que alguien diga “a mí me funciona” respecto de tal o cual práctica supuestamente curativa?

En primer lugar, la persona tiene una enfermedad, afección, incomodidad, trastorno, dolencia, achaque, padecimiento, indisposición o alifafe al que llamaremos “A”. “A” puede haber  sido diagnosticado con las más recientes técnicas médicas o, cosa bastante frecuente, puede haber sido diagnosticado por la persona, la vecina del dieciséis, la comadre Matatena, la tía Válamedios, una señora en la cola de la compra, un actor en horas bajas en televisión o un pseudomédico con un título obtenido por Internet y en 15 minutos (como el título de especialista en medicina homeopática que tiene este blog). Ante este diagnóstico ya de por sí dudoso, la persona consume un producto o realiza una acción o se somete a un proceso supuestamente terapéutico a los que llamaremos “B”, y que pueden ir desde el consumo de heces de cabra (remedio esencial de la “medicina” ayurvédica) o de pildoras de azúcar sin nada más que azúcar, hasta que le pasen por encima un puro de hierbas malolientes (la tal “moxibustión” china) o incluso trasladarse a París para que un actorcillo con el seso en situación de desamparo le apriete fuertemente los testículos (remedio que según el actorcillo en cuestión, Alejandro Jodorowsky, es eficacísimo para algo). Pasado un tiempo no demasiado preciso, la persona siente que ha disminuido o ha desaparecido su enfermedad, afección, incomodidad, trastorno, dolencia, achaque, padecimiento, indisposición o alifafe, dice que se ha curado, a lo que llamaremos “C”.

Al decir “a mí me funciona”, la persona expresa la absoluta convicción de que el efecto C es producto, resultado, consecuencia y efecto de B sobre A. La acción B ha causado que A desaparezca y por tanto es curativa. Asunto concluido.

El problema, claro, es que esa lógica no es tan sólida como podría parecer a primera vista. Aunque se presente con frecuencia acompañada de una pasión vociferante y farisaica, casi religiosa y de un entusiasmo un poco exagerado.

La misma lógica se usa en situaciones como la siguiente:

Mal de ojo y brujería

El niño N está sano, un día lo mira el vecino V y poco después el niño sufre una dolencia E. La conclusión de la lógica que vimos en el “a mí me funciona” es que la dolencia E fue causada o provocada por la mirada del vecino V.

¿Le parece absurdo? No lo es. Es el supuesto “mal de ojo”, y por supuestamente causarlo, se ha linchado a una buena cantidad de seres humanos a lo largo de la historia. Un niño que tiene diarrea, que llora, etc., se considera con frecuencia (hoy en día y también en la Europa siglovigesimoprimérica, no en el pasado y entre tribus paleolíticas) víctima del mal de ojo, y los diarios e Internet están pletóricos de personas dispuestas a explicarnos el mal de ojo, enseñarnos cómo curarlo y hasta cobrarnos por curarlo. Mire aquí, aquí, aquíaquí o aquí sólo como ejemplos, hay literalmente cientos de miles, quizá millones de páginas en Internet que consideran que el mal de ojo es algo real.

Y no es que la gente que cree en el mal de ojo sea tonta. Como quien cree en la homeopatía, la acupuntura o cualquiera de los cientos de disciplinas pseudoterapéuticas a nuestro alcance y que quieren hurgar en nuestros bolsillos, simplemente usan una lógica incorrecta a la que le dan un valor muy superior al que tiene. Y los beneficiarios del cuento, los que hurgan en los bolsillos y se apropian los euros, no tienen ninguna intención de que aprendan una mejor lógica.

Razonablemente podemos decir que, vamos, a los niños les da diarrea continuamente, y lloran sin motivo hasta llevar a sus padres al borde de la locura y un poquito más allá, y que  las causas de la diarrea son muchísimas, no todas debidamente conocidas, y que muchas veces la diarrea se cura sola y que la diarrea y la mirada del desconocido simplemente han coincidido sin que una cause a la otra.

Y también puede serlo el que alguien se sienta mejor después de un pseudotratamiento no médico.

Si teníamos un sembradío en buenas condiciones y un día veíamos que pasaba la vecina tuerta solterona que tenía al gato negro y resultaba que poco después sufríamos una plaga y perdíamos la cosecha, no era infrecuente que la vecina tuerta fuera acusada de practicar la brujería y en no pocas ocasiones ejecutada con pocos miramientos.

El hecho de que una cosa ocurra después de otra no significa que sea causada por ella.

Claro que podemos decir que el paseo de la vecina tuerta y la plaga de la cosecha son una simple coincidencia, y evitarle a la mujer la pena de ser juzgada y condenada por bruja simplemente por decidir una relación causa-efecto que realmente no es nada fiable.

Y también puede serlo que alguien mejore después de un pseudotratamiento médico.

La falacia y la prueba

A este error se le conoce en lógica como falacia “post hoc, ergo propter hoc“, latinajo que significa “después de esto, por tanto a consecuencia de esto” y que se ve mejor escrito así:

El no tener claras las causas de algo es una forma de pensamiento mágico a la que habitualmente le llamamos superstición, es decir, le atribuimos un efecto a una causa que nos parece “lógica” o simplemente nos gusta. O nos dijeron que funcionaba.

A nuestro alrededor encontramos numerosas supersticiones que caen en esa falacia: futbolistas que un día que se pusieron los calzoncillos al revés marcaron un gol, y ahora se ponen los calzoncillos al revés en todos los partidos, sin que les afecte el hecho evidentísimo de que no marcan goles en todos los partidos.

El necio que sólo ve una de las posibles causas, ya no busca más explicaciones. Cree tener una explicación correcta sobre el origen del resultado y no se plantea siquiera la posibilidad de equivocarse. Su visión cerrada, para remate, suele acompañarse con la queja de que el crítico “no tiene la mente abierta” a su cerrazón de miras, y a su afirmación sin bases y de lógica achurruscada e inútil.

Esta forma de pensar nos hace llegar a conclusiones tajante aunque en realidad no tenemos datos suficientes para sostenerla. El que nuestro estado de salud mejore después de una práctica pseudoterapéutica no demuestra que ésta haya sido la causa de la mejoría. Hay muchísimos elementos que podrían afectar el resultado, entre ellos el que estemos tomando medicamentos basados en evidencias al mismo tiempo que realizamos la práctica mágica, un cambio en el clima, el que dejemos de usar una prenda de ropa que nos provoca reacciones, lo que comemos o dejamos de comer, la calidad del aire, la presión atmosférica, nuestro estado de ánimo, la temperatura ambiente y hasta un fenómeno muy sencillo que tiene el complicado nombre de “regresión estadística”, que nos dice que cuando existe un estado extremo, lo más probable es que se regrese a la situación media anterior. Por ejemplo, cuando estamos muy enfermos, lo más probable no es que empeoremos infinitamente, sino que nos sintamos mejor, asunto que sin conocerlo aprovechan muy bien numerosos vendedores de curaciones más que dudosas.

Otro elemento que es probablemente el más común es que la enfermedad corre su curso normal y desaparece como lo hacen la enorme mayoría de las afecciones. En los sitios pseudomédicos no es raro los testimonios del tipo: “tuve gripe durante la mayor parte de una semana, pero después de unos días me sentí mejor gracias a que tomé (pócima X)”. Pues no, con o sin la pócima X, el curso normal de una gripe es de una semana, donde los primeros días nos sentimos especialmente mal y luego vamos mejorando. Con o sin medicina, homeopatía, acupuntura o estridentes cantos a Changó, las gripes duran más o menos una semana.

Luego no podemos descontar las defensas de nuestro propio cuerpo. Salvo casos de especial gravedad, nuestro cuerpo se las arregla bastante bien para enfrentar y contrarrestar las enfermedades. Nuestro cuerpo tiene un complejo y bien afinado sistema inmunitario que reconoce y combate agentes patógenos (productores de enfermedades) de todo tipo, todo el tiempo. Mientras usted lee esto, las células NK de su organismo están destruyendo células infectadas por virus. Usted tiene esos virus, y bacterias, y protozoarios y células cancerosas, y procesos tóxicos de distinto tipo, y ni se entera, sigue feliz hasta el día en que su sistema inmunitario pierde una batalla y usted se siente mal, y busca ayuda.

Así que creer que una práctica determinada causa la curación de una enfermedad es, sin más, una superstición. ¿Cómo sabemos realmente qué es lo que causa, y en qué medida, una curación? El progreso logrado en el conocimiento del universo se lo debemos precisamente a que hemos ido conociendo las limitaciones de nuestra lógica y creamos un procedimiento (llamado “método científico”) diseñado para reunir conocimientos más eficazmente y someter a prueba diversas hipótesis hasta dar con la que mejor describe los hechos. Hechos como la plaga que se cargó nuestra cosecha, la diarrea del niño y la curación o mejora que experimentamos. Sólo estudiando con una lógica adecuada los hechos podemos decir con certeza que una diarrea está causada por una salmonela y no por el mal de ojo, y que se cura con el tiempo o, en casos muy graves, con antibióticos, pero no con arsénico como creen los homeópatas.

Igualmente, tenemos el problema de que hasta los más apasionados proponentes de alguna pseudoterapia aceptan que puede existir la curación C sin que se presente la supuesta causa B. Y sin embargo, pese a ello, siempre consideran que en su caso por supuesto que la causa fue B, aunque en otros pudiera pasar algo distinto. Y la mayoría de las veces no se dan cuenta de lo contradictoria y terriblemente interesada y egolátrica que es tal visión del mundo, además de carecer absolutamente de todo rigor.

Las afirmaciones como “tienes que creerlo porque yo lo he experimentado personalmente, me funciona, yo lo he visto” pertenecen a la clase de falacias (errores de lógica) llamadas “evidencia anecdótica” y no tienen ningún valor probatorio.

Esto con frecuencia enfurece a los creyentes.

Su furia se debe a que olvidan que hay gente que afirma “a mí me funciona” respecto de las afirmaciones más extrañas y descabelladas.

El asunto no es trivial, en lo más mínimo. Cuando uno está ante dos (o más) explicaciones del mismo fenómeno, necesita tener un procedimiento fiable, de eficacia demostrada, para poder evaluar correctamente cuál es la explicación más ajustada a la realidad.

Es decir, cuando desapasionadamente vemos los hechos, resulta que en el proceso que va de A, la aparición de la enfermedad, afección, incomodidad, trastorno, dolencia, achaque, padecimiento, indisposición o alifafe a C, la curación, han ocurrido muchas cosas, y ello nos plantea más preguntas que respuestas.

Para encontrar la verdadera causa de la curación C, lo que tenemos que hacer es investigar con seriedad el asunto. Estudiar a muchos enfermos que hayan padecido A, para ver cuál es el proceso normal de la enfermedad y a cuáles causas suele atribuirse. Podemos, por ejemplo, encontrar a personas que tengan la enfermedad A y, manteniendo controladas todas las demás posibles causas de una curación, hacer que la mitad de ellos se someta a los efectos de B (sustancia, práctica, ritual, etc.) y la mitad se enfrente a la enfermedad sin ayuda. Si resulta que los dos grupos se curan más o menos igual, podríamos decir que no es cierto que B cause la curación C. Aunque alguien crea que le funciona. Los estudios se hacen varias veces para asegurarnos de que el resultado no sea una coincidencia. Si B funciona, podemos empezar a ver qué dosis de B basta para, sin afectar demasiado al enfermo, provocar la curación. Si no funciona, hacemos lo mismo con C, D, E y demás.

A esto se le conoce como método científico. Simple y llanamente. Es una forma ordenada de obtener un conocimiento más fiable que el “a mí me funciona”, “me dijeron”, “tiene una larga tradición” o cualquier otro sistema de los que han fracasado estrepitosamente a lo largo de los milenios.

El método científico nos permite evaluar todas las posibles causas de un efecto hasta encontrar las que son, efectivamente, las responsables de tal efecto.

Más importante aún, este procedimiento nos permite averiguar cuándo y a quién “le funcionan” realmente algunos remedios. El medicamento ideal para doña Dietilamida Malamañana, rotunda diabética de 48 años, 40 de ellos sin hacer ejercicio más agotador que levantarse por la mañana, 120 kilos al ecuador, el colesterol tan alto que los aviones lo rodean, intolerante a la lactosa y en un proceso menopáusico de 8 grados en la escala de Richter podría no ser el remedio adecuado para Aerobindo Maratones, esbelto deportista de 66 kilos, 23 primaveras, las hormonas en estado de alerta total, un estómago capaz de digerir piedras y un habitual consumo de cerveza de tales proporciones que le han puesto una estrella con su nombre en la Oktoberfest.

El “a mí me funciona”, pues, incluso en las pocas ocasiones en que fuera cierto, no es garantía de que “le funcione” a nadie más y por tanto no es razonable, sano ni cuerdo el que la gente intercambie recetas con base en el dudosísimo “a mí me funciona”.
Vamos, si usted no le haría caso a su tío Frumencio, de profesión taxista, si le explicara cómo debe construir su casa o cómo hacer para reparar la red de ordenadores/computadoras de su oficina… ¿por qué le hace caso cuando le dice, injertado súbitamente en médico, que tome infusiones de hierba de nomejodas porque es buenísima para el reflujo y a él le funciona?

Ahora pregúntese usted por qué los vendedores de agua destilada (que gustan que les llamen “homeópatas” y hasta “médicos homeópatas”), los que creen en la magia de unas agujitas que afectan una energía que nadie ha visto (y que prefieren ser llamados “acupunturistas” y hasta “médicos acupunturistas”), los tuercecuellos que año tras año dejan paralíticos a muchos inocentes con sus violentas “correcciones” (a los que les gusta ser conocidos como “quiroprácticos”) y otros sacacuartos que se dejaron la vergüenza en los otros pantalones y que no saben de medicina más que el tío Frumencio no quieren someter sus filfas al método científico.

Siempre habrá alguien a quien “le funcione” cualquier tontería. Si le reza a Santa Tecla y se cura, supondrá que el rezo le funcionó. Si se toma una pócima de pelos de perro y ojos de sapo, supondrá que ésa fue la cura… Y como de la mayoría de las enfermedades nos curamos sin ayuda (con mayor o menor incomodidad), cualquier cosa puede parecer funcionar para mayor gloria de los que venden cosas no probadas.

Y claro, por eso pasan los berrinches que pasan los pseudomédicos, charlatanes, curanderos y vendedores de humo imaginario cuando pese a su reticencia, sus afirmaciones acaban poniéndose a prueba y resulta que no funcionan mejor que un placebo, es decir, un falso medicamento que sólo sirve para complacer (de allí el nombre) al paciente.

Y contundentemente, a día de hoy, ni la homeopatía, ni la acupuntura, ni la quiropráctica, ni las flores de Bach, ni el reiki, ni la chorromedicina ortomolecular, ni ninguno de los miles de delirios que inventan a diario los vagos que no quieren trabajar han demostrado servir para nada.

Salvo para mantener a los vagos que se agarran al “a mí me funciona”, siempre confiados en que al que “no le funcione” tampoco va a hacer demasiada alharaca, claro.

Y todo esto sin meternos, esta vez, con los horribles peligros de estas prácticas, las muertes, el dolor y la desesperación que siembran a su paso.

Premios Ig Nobel 2010

4 octubre 2010

Una vez más se ha dado a conocer la lista de los galardonados con el premio Ig Nobel 2010, premio que se ha venido otorgando año con año desde hace veinte años y que son otorgados a todas aquellas investigaciones que aunque son serias tienen temáticas o títulos que no pueden por menos que poner una sonrisa en nuestras caras. Así que sin más, la lista de ganadores de este año resumida, de la traducción de Microsiervos:

  • Ingeniería: Karina Acevedo-Whitehouse y Agnes Rocha-Gosselin de la Zoological Society de Londres, y Diane Gendron del Instituto Politecnico Nacional, Baja California Sur, México, por perfeccionar un método para recoger mocos de las ballenas mediante un helicóptero de radio control.
  • Medicina: Simon Rietveld de la Universidad de Amsterdam, y Ilja van Beest de la Tilburg University, por descubrir que los síntomas del asma pueden ser tratados con una vuelta en una montaña rusa.
  • Transporte: Toshiyuki Nakagaki, Atsushi Tero, Seiji Takagi, Tetsu Saigusa, Kentaro Ito, Kenji Yumiki, Ryo Kobayashi de Japón, y Dan Bebber, Mark Fricker del Reino Unido, por usar el moho del lodo para determinar las rutas óptimas para tender railes de tren.
  • Física: Lianne Parkin, Sheila Williams, y Patricia Priest de la Universidad de Otago, Nueva Zelanda, por demostrar que la gente se cae menos si en el invierno la gente anda con los calcetines por fuera de los zapatos por caminos congelados.
  • Paz: Richard Stephens, John Atkins, y Andrew Kingston de la Universidad de Keele, Reino Unido, por confirmar que en efecto maldecir alivia el dolor.
  • Salud pública: Manuel Barbeito, Charles Mathews, y Larry Taylor de la Oficina de Seguridad y Salud Industrial de Fort Detrick, Maryland, Estados Unidos, por determinar experimentalmente que los microbios tienden a pegarse a los científicos con barba.
  • Economía: Los ejecutivos y directores de Goldman Sachs, AIG, Lehman Brothers, Bear Stearns, Merrill Lynch, y Magnetar por crear y promover nuevas formas de invertir dinero que maximizan las ganancias y minimizan los riesgos para la economía mundial, o al menos para parte de ella.
  • Química: Eric Adams del MIT, Scott Socolofsky de la Universidad A&M de Texas, Stephen Masutani de la Universidad de Hawaii, y British Petroleum, por demostrarnos que estábamos equivocados al creer que el agua y el petróleo no se mezclan.
  • Gestión de empresas: Alessandro Pluchino, Andrea Rapisarda, y Cesare Garofalo de la Universidad de Catania, Italia, por demostrar matemáticamente que las organizaciones serían más eficaces si ascendieran a sus miembros al azar.
  • Biología: Libiao Zhang, Min Tan, Guangjian Zhu, Jianping Ye, Tiyu Hong, Shanyi Zhou, y Shuyi Zhang de China, y Gareth Jones de la Universidad de Bristol, por documentar científicamente la felación en los murciélagos de la fruta.

Todas las investigaciones son verídicas y fueron realizadas de forma seria como cualquier otra investigación científica; las referencias a los artículos científicos se encuentran en la lista en inglés del Ig Nobel.

Visto en: Microsiervos.
Lista de ganadores de todos los años: Improbable Research.

Decálogo de valores culturales de la ciencia

6 abril 2010

El siguiente decálogo fue extraído de la intervención de Ramón Núñez Centella en el Senado sobre Cultura científica durante la Reunión de Presidentes de Comisiones de Ciencia e Innovación de los Parlamentos Nacionales de los Estados miembros de la Unión Europea y del Parlamento Europeo. (more…)

9 hitos astronómicos del 2009

17 enero 2010

Que el Año Internacional de la Astronomía haya terminado no significa que yo vaya a dejar de hablar de ella, así que aprovechando que enero aún no termina y que los top 10 son populares (sobre todo cuando son sólo 9 puntos) les presento los 9 hitos astronómicos del 2009.

(more…)

Diez cosas que no sabías sobre la Vía Láctea

7 diciembre 2009

Has vivido aquí toda tu vida — de hecho, todos lo hemos hecho — pero ¿qué es lo que sabes realmente sobre la Vía Láctea? Seguro sabes que es una galaxia en espiral, y que mide 100,000 años luz de diámetro pero ¿cuántas de estas diez cosas no sabías?

(more…)

El mundo se va a acabar

22 noviembre 2009

Y ahora que tengo tu atención, quiero dejar algo bien en claro antes de seguir ¡el mundo no se va a acabar en 2012!

Ayer tuve la oportunidad de ir a ver la película 2012 dirigida por Rolan Emmerick, el mismo que nos trajo películas como Godzilla, 10,000 BC, El día después de mañana y Día de la Independencia (así que ya me esperaba muchos efectos especiales y poca o ninguna historia)

Pero bueno, el objetivo de esta entrada es darles a conocer algunas de las interpretaciones y creencias apocalípticas sobre el 2012; porque aunque es seguro que muchas cosas van a pasar ese año (igual que todos los años), no hay nada que asegure que el mundo tal y como lo conocemos va a terminar el 21 de diciembre de 2012; aunque si el mundo realmente llega a terminar en esa fecha voy a quedar muy mal.

Así que, dicho esto a después del salto les presento una serie de preguntas y respuestas que ví en el blog Tecnología Obsoleta.

(more…)

Tetera de Russell

18 noviembre 2009

“Si yo sugiriera que entre la Tierra y Marte hay una tetera de porcelana que gira alrededor del Sol en una órbita elíptica, nadie podría refutar mi aseveración, siempre que me cuidara de añadir que la tetera es demasiado pequeña como para ser vista aún por los telescopios más potentes. Pero si yo dijera que, puesto que mi aseveración no puede ser refutada, dudar de ella es de una presuntuosidad intolerable por parte de la razón humana, se pensaría con toda razón que estoy diciendo tonterías. Sin embargo, si la existencia de tal tetera se afirmara en libros antiguos, si se enseñara cada domingo como verdad sagrada, si se instalara en la mente de los niños en la escuela, la vacilación para creer en su existencia sería un signo de excentricidad, y quien dudara merecería la atención de un psiquiatra en un tiempo iluminado, o la del inquisidor en tiempos anteriores.”

– Bertrand Russell