La novia perfecta

Para mí ella era perfecta, la clase de mujer con la que todos quieren salir, pero con quien es muy difícil lograrlo debido a todos los “requisitos” que los interesados deben de satisfacer. Sin embargo yo era afortunado, no porque lograra satisfacerlos todos, para ser sinceros, creo que era el que menos requisitos satisfacía sin embargo, yo tenía algo que hacía que ella prefiriera pasar tiempo conmigo y no con alguno de sus pretendientes. Eso me llenaba de alegría ya que muy en el fondo, yo también ansiaba tener algo más que una amistad con ella.

Salimos como amigos durante algún tiempo y yo siempre hacía lo posible por llamar su atención y por hacer que me viera como más que un amigo sin embargo, a pesar de que todos mis intentos terminaban en fracaso, nunca me di por vencido; debo reconocer que, en aquél entonces era una persona mucho más obstinada de lo que soy hoy en día. Así pasaron algunos meses, hasta que ella empezó a tener parejas. Yo tuve que retirarme provisionalmente, pero nunca abandoné la idea de que algún día ella y yo seríamos más que amigos. Durante esa temporada a menudo salía con ella… y su novio. Para mi era una tortura tener que salir con la mujer que amaba… y el hombre que supuestamente ella amaba. Pero, ¿cómo negarme a una invitación suya? Además, desde que ella había decido buscar pareja, pasábamos menos tiempo juntos, y cada momento que pudiera estar cerca de ella era para mi lo máximo; sin importar que ahí también estuviera el galán de turno abrazándola todo el tiempo, reclamándola sólo para el y tratándola como si sólo fuera un objeto, un trofeo cualquiera que puedes sacar para presumir a los demás.

Un día me desperté decidido a cambiar mi situación, no estaba dispuesto a ocultarle mis sentimientos un día más; así que le hablé por teléfono y le pedí que nos viéramos esa misma tarde para hablar de “cosas muy importantes”. Acordamos reunirnos en un café, cuando ella llegó se veía más radiante que nunca y yo me sentí más miserable que nunca. Al verla cruzar el umbral de la puerta todo empezó a ralentizarse, los ruidos y las charlas de los demás parroquianos disminuyeron hasta volverse casi imperceptibles y sólo había un haz de luz el cual la iluminaba y la hacía parecer un ángel. Me saludó, se sentó en la mesa y me preguntó para que la había llamado. Tomé sus manos entre las mías, me armé de valor y saqué fuerzas no sé de dónde para decirle todo lo que sentía por ella.

Ya han pasado algunos años, ahora soy una persona feliz que vive en su casa con jardín, un perro, dos niños hermosos y una esposa amorosa. Sin embargo, mi esposa no es la misma persona de quien les hablé. Aquella tarde en el café, después de que le confesé todo lo que sentía, me dijo que yo no era su tipo y que nunca podría haber algo entre nosotros, a partir de ese día dejó de hablarme, yo creí que nunca más podría encontrar a alguien como ella sin embargo, la vida te da sorpresas.

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