Un día cualquiera

Él había estado toda la mañana sentado en ese banco de madera de la vieja estación del ferrocarril, aunque eran las 11:00 y el verdadero calor aún no empezaba, todas las personas buscaban instintivamente la sombra de los almendros para tratar de cubrirse un poco de los rayos del Sol, esos rayos que sofocaban a todos los que se encontraran en la calle entre las 11 de la mañana y la 1 de la tarde. Como era costumbre en los calurosos días de verano, el pueblo quedaba desierto durante esas horas, las personas preferían quedarse en sus casas, refugiándose del Sol y combatiendo el calor con ventiladores o abanicos.

Sin embargo, él permanecía inmóvil en aquel banco de la vieja y polvorienta estación; el que antes había sido el pueblo más próspero de la región, ahora se encontraba sumido en la miseria debido al cierre del ingenio azucarero, lo único que quedaba era la vieja estación del ferrocarril, la cuál en sus mejores días recibía trenes que llegaban de los alrededores abarrotados de trabajadores y campesinos que, buscando la forma de ganarse la vida, venían a trabajar durante las temporadas de siembra y cosecha de la caña, así como durante la zafra. Sin embargo, esos días habían quedado muy atrás, ahora solo pasaban por el pueblo uno o dos trenes a la semana, y muy rara vez alguien se apeaba en ese pueblo olvidado. La vieja estación que en sus mejores tiempos había tenido baldosas de granito, paredes pintadas de amarillo, amplios ventanales para evitar que los viajeros murieran sofocados por el calor y altos techos de dos aguas formados por vigas de madera y tejas rojas, ahora no era más que un edificio en ruinas; a las baldosas del piso que mejor les había ido se encontraban cuarteadas, al resto le faltaban partes que seguramente se fueron desprendiendo con el paso de los años y las restantes, las restantes habían desaparecido, dejándo en su lugar parches cuadrados de tierra en los que crecía alguna que otra hierba; el color de las paredes también había desaparecido casi por completo, en muchas partes había rayones creados por los jóvenes, o manchas de orines y excremento dejadas por los borrachos o drogadictos que usaban la estación como refugio por las noches; los amplios ventanales casi habían desaparecido, la mayor parte de los cristales que los conformaban habían sido rotos por piedras y el resto se encontraba cubierto por una gruesa capa de polvo que se fue adhiriendo a ellos con el paso de los años; y el alto techo de madera y tejas era una completa ruína, en la parte norte de la estación el techo colapsó por completo mientras que en el resto del edifició se podían ver agujeros donde hacían falta tejas que habían caído al podrírse la madera que las soportaba. La amplia sala de espera que en otros tiempos estaba llena de viajeros ahora se reducía a un par de bancos colocados en el andén, en uno de los cuales él estaba sentado, sin inmutarse, a pesar del calor.

Era la una de la tarde y el seguía ahí, sentado; solamente usaba de vez en cuando la manga derecha de su vieja camisa a cuadros para secarse el sudor y la grasa de la cara, él estaba absorto en sus pensamientos cuando, de pronto, se oyo el silbato de un tren que se iba acercando a la estación; al oír aquél sonido él hombre se levantó de su asiento y se acercó a la orilla del andén, esperando a que llegara el tren y los viajeros bajaran. Con inquietud y nervisismo vio como el tren iba disminuyendo su marcha mientras se acercaba al andén; el tren era una vieja locomotora diesel pintada de rojo con una franja amarilla que la recorría longitudinalmente, los dos únicos vagones que conformaban aquel tren eran más viejos que el hombre de la estación y se encontraban llenos de óxido por todas partes. Cuando el tren finalmente se detuvo frente al andén, el hombre de la estación se puso aún más nervioso, como si estuviera esperando que alguien bajara de alguno de aquellos vagones, sin embargo, sólo se apearon un par de personas que habían ido a la capital a atender quién sabe qué asuntos; una vez que ambos bajaron el tren volvió a emprender su marcha y el hombre se quedó parado en el andén mientras veía como el tren se alejaba lentamente, al principio, para ir ganando velocidad gradualmente. Una vez que el tren desapareció por completo de su vista el hombre se dió la vuelta dispuesto a retirarse de la estación mientras pensaba mañana será otro día.

Anuncios

Etiquetas: ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: